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Reflexiones
La
reforma universitaria y del sistema educativo en su conjunto se
está llevando a cabo en todos los países del mundo,
con mayor o menor sentido de urgencia, con uno u otro ritmo y
con distintos niveles de resistencia, compromiso y disposición
por parte de los actores involucrados en la transformación.
Es interesante observar que los diferentes esfuerzos comparten
una misma dirección general del cambio y aplican criterios
y principios muy similares. También tienden a ser las mismas
aquellas prácticas específicas que, habiendo sido
tradicionalmente aceptadas, están hoy siendo cuestionadas
y modificadas. Estas coincidencias gruesas se deben fundamentalmente
a que el impulso para el cambio es el mismo en todos los casos.
Estamos inmersos en un cambio de paradigma. El mundo entero está
viviendo una transición, una de cuyas principales características
es la colocación del capital humano en el centro de las
fuerzas que determinan la generación de riqueza y contribuyen
al logro de los ideales sociales y de las metas del desarrollo.
Afirmar
que el sistema educativo se está convirtiendo en el principal
propulsor de la capacidad de avance social, tanto individual como
colectiva, puede no parecer algo nuevo. Hace muchas décadas
que es un lugar común referirse a la educación como
el medio por excelencia de la movilidad social. Más aún,
uno de los fenómenos más preocupantes de la crisis
actual es precisamente la constatación del decreciente
poder de la educación para cumplir ese rol. No sólo
en Venezuela sino en el mundo entero se ha hecho corriente que
profesionales universitarios se encuentren desempleados y vivan
de manejar taxis o vender perros calientes y que los salarios
de muchos de los profesionales que están empleados, especialmente
en el sector público, apenas superen los de un obrero calificado.
El contexto de cada sociedad y la forma como se ha asumido o frenado
el proceso de modernización son parte importante de la
explicación. Otra parte de ella, la que nos concierne hoy,
se encuentra en el cambio cualitativo que está ocurriendo
en el conocimiento y su utilización. El tipo de educación
que forma al individuo para participar de manera efectiva en la
sociedad del conocimiento es muy distinto del requerido para incorporarse
a la sociedad que hoy podemos empezar a llamar "tradicional".
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Un
nuevo contexto: La sociedad del conocimiento y sus requerimientos
educativos
Para
conocer el rumbo que ha de imprimírsele a la reforma educativa
a fin de responder a los requerimientos del futuro, es necesario
comprender lo que significa "la sociedad del conocimiento".
No
cabe duda que la tecnología informática, al dotar
a todo investigador de acceso inmediato al conocimiento mundial
y brindarle herramientas sofisticadas de control y procesamiento
de datos y de manejo de experimentos, facilita la generación
de nuevos conocimientos y es probable que acelere el ritmo de
su producción. Sin embargo, ese fenómeno no es el
que marca la diferencia cualitativa frente al pasado reciente.
Por algo la época que estamos dejando atrás fue
llamada la "sociedad científico-técnica".
La característica que más profundamente distingue
a la "sociedad del conocimiento" como tal es el acceso
universal, masivo y permanente a los conocimientos existentes
y a los que se van generando. Es la difusión, la posibilidad
de socialización masiva de la información, lo que
marca la diferencia.
Esta
ubicua e invasiva presencia del conocimiento propicia un uso mayor
y facilita una incorporación más rápida a
la práctica de los diversos actores. Lo que caracteriza
a las organizaciones modernas es la mejora continua. El cambio
se va convirtiendo en la principal rutina en la acción
del conjunto y en la de todos y cada uno de sus integrantes, tanto
en la producción como en el consumo.
Como
es de suponer, esta transformación en la forma y el ritmo
de aplicación del conocimiento está llamada a tener
un fuerte impacto sobre todo el sistema educativo. En este breve
espacio nos referiremos sólo a tres terrenos, todos de
muchísima importancia:
- El
perfil del egresado, para que sepa vivir y actuar en un mundo
cambiante
- El
estilo pedagógico cónsono con ese perfil esperado,
y
- El
nuevo modo de relacionarse con el mundo exterior, para que la
universidad misma sea capaz de adaptarse a requerimientos dinámicos.
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El
perfil del egresado: Preparación para el cambio y el aprendizaje
continuos
El vasto y rápido
acceso a la información brindado por la informática
y las telecomunicaciones hace innecesario el esfuerzo por aprender
vastas cantidades de conocimientos "de memoria". Por
otra parte, la constante incorporación de conocimientos
a la práctica, en forma de pequeñas o grandes modificaciones
a los equipos, los procesos, los productos, las formas de trabajo,
los servicios, etc., va transformando de tal manera el contexto
que toda especialización es frágil y susceptible
de obsolescencia o de redefinición profunda. De hecho,
las empresas más modernas, aquellas donde la cooperación,
la creatividad y la mejora continua son la forma cotidiana de
operar, seleccionan su personal, no en base a la especialización
ya adquirida, sino a su capacidad para moverse de una disciplina
a otra, de re-especializarse si es necesario y de acceder a la
información requerida y articularla en forma útil.
En efecto, en un
mundo cambiante, la habilidad más poderosa que puede poseer
una persona es la de aprender y reaprender –e incluso la de desaprender.
Lejos de sugerir que se deba abandonar todo esfuerzo de especialización,
lo que este requisito sugiere es que toda especialización
debe estar fuertemente anclada en una base tan sólida y
amplia que permita moverse con facilidad en otras direcciones.
Igualmente, ninguna especialización deberá ser tan
estrecha que aísle a su poseedor de las disciplinas conexas,
ni siquiera de las relativamente lejanas. La familiaridad con
un amplio espectro de campos del saber es una necesidad para mantener
la flexibilidad de un especialista y su capacidad para adaptarse
a los cambios. Esto le plantea a la universidad una reorientación
de los contenidos a transmitir y una redefinición del perfil
del egresado.
¿Cuáles serían entonces
los rasgos deseables de un profesional universitario moderno?
-
Una formación básica: Es probable
que, a la larga, la requerida segmentación en especializaciones
sea incluso más detallada y múltiple de lo que
ha sido hasta ahora. Hay quienes plantean que la universidad
deberá organizarse de tal manera que cada individuo pueda
estructurar su propia especialización alrededor de un
tema, más que de una disciplina. Sea como sea, lo que
sí es requisito de cualquier segmentación eventual
es la adquisición de un piso sólido, amplio e
interdisciplinario incluyendo un intenso manejo de diversos
tipos de lenguajes o idiomas (desde la lengua materna y una
o más lenguas extranjeras, el lenguaje de las matemáticas,
el de la computación, etc.).
-
Capacidad de "pregunta": Una vez
reconocido que el conocimiento estará disponible para
todos, el mayor poder estará en manos del que mejor sepa
acceder a él. Esto supone desarrollo de las destrezas
asociadas a la búsqueda, procesamiento y articulación
de información.
-
Capacidad de innovación: En un mundo dinámico,
el mejor profesional es el que, además de estar abierto
a los cambios, sepa ser un generador de cambio, un innovador.
Ello supone estar habituado a utilizar la información
para innova, mediante la observación, el análisis
y la generación o selección de soluciones.
-
Conciencia de la frontera móvil: En esencia,
vivir en la sociedad del conocimiento supone entender el conocimiento
como un flujo dinámico que está constantemente
modificando la acción y uno u otro aspecto de la vida
cotidiana. Ningún libro, ningún manual, ningún
saber es inmutable. Las fronteras de todas las disciplinas están
en movimiento y, para mantenerse vigente, hay que tomar conciencia
de los límites a la "vida útil" de cualquier
parcela de conocimiento.
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El
estilo pedagógico: Formar para la autogestión del
conocimiento
Una de las consecuencias
más directas del acceso universal al conocimiento en la
sociedad informatizada es la necesidad de aprender a ser autodidacta.
Son tales las posibilidades de incrementar el propio conocimiento,
tanto en función de las preguntas que vayan emergiendo
de la propia práctica como de la información relevante
que se va haciendo disponible, que sólo con hábitos
muy autónomos de aprendizaje es posible aprovechar adecuadamente
esas oportunidades.
A eso se agrega la
necesidad de la educación permanente, a lo largo de la
vida, la cual naturalmente tendrá que ser autodirigida,
en función del rumbo profesional de cada persona, de la
evolución del medio donde se desempeña y de los
cambios en los campos del conocimiento que deba manejar.
En términos
pedagógicos esto coincide con el eterno ideal de enseñar
a aprender. En la práctica supone organizar la enseñanza
en base a prácticas que desarrollen la autonomía
del educando. Entre otras cosas, ello implica:
-
Entrenamiento para la autogestión: El pedagogo
en la sociedad del conocimiento está llamado a asumir
fundamentalmente un papel de guía de personas cada vez
más autónomas y autodependientes. Además
de aprender a aprender, el profesional en formación necesitará
acostumbrarse a programar su propio proceso de aprendizaje,
a definir su estrategia de formación, a llevarla a cabo
y evaluarla periódicamente. Autogestión y auto-evaluación
suponen una combinación de destrezas con actitudes que
permiten manejarse de modo natural en las organizaciones modernas.
Y esto no se limita a los máximos niveles de las estructuras;
la participación creativa y la toma de decisiones caracterizan
el nuevo modo de incorporación al trabajo. Desde el Director
General hasta el obrero, cada uno a su escala de responsabilidad,
adquiere el poder de decisión para ser semi-autónomo
en su espacio. Tampoco se limita esto al sitio de trabajo; la
actitud autogestionaria y la búsqueda de la excelencia,
tienden a abarcar todos los ámbitos de la vida, incluyendo
a la mujer en el manejo del hogar, al estudiante en su proceso
de formación y al individuo en lo que respecta a su bienestar
físico y espiritual.
-
Trabajo en equipos interdisciplinarios e interfuncionales:
La actitud pedagógica moderna supone también asumir
un rol estimulador de la interacción entre los estudiantes
propios y con los de otras disciplinas. Esto es importante porque,
una vez que la vieja estructura piramidal compartimentada por
funciones es reemplazada por las redes de unidades plurifuncionales,
el incorporarse a un equipo de trabajo supone a menudo ser el
único representante de esta disciplina o función
en el grupo. Esto es muy distinto de la "repartición
del trabajo" entre los miembros de un conjunto de personas
de la misma especialidad. En las nuevas condiciones, el nivel
de responsabilidad de cada uno por su función o por su
parcela de conocimiento es muy alto y, en algún sentido,
es el equivalente de la autogestión pero en el seno de
un equipo.
- La
investigación y la solución de problemas:
También la mejora continua, como práctica cotidiana,
en la actividad individual y en la de una organización,
exige destrezas específicas, particularmente las relacionadas
con los procesos de identificación y solución
de problemas. Esto supone una práctica pedagógica
basada en las actividades de investigación y planteadora
de retos concretos. El desafío es lograr servirse de
la solución de problemas reales como modo de abordar
el aprendizaje y como forma de adquisición de conocimientos
y experiencia.
- Hábitos
de análisis y evaluación de alternativas:
En un mundo caracterizado por una frontera móvil
en cada uno de los campos del conocimiento y la frecuente revisión
de los "saberes" establecidos, no cabe acostumbrar
al estudiante a suponer que cada pregunta tiene una única
respuesta concreta. Sin suponer que dos más dos vayan
a dejar de ser cuatro, es esencial desarrollar hábitos
de análisis de alternativas, sembrar conciencia de la
distinción entre conocimiento más estables y conocimientos
más tentativos y promover una actitud abierta a las múltiples
posibilidades y a la validez relativa de cada solución
según el contexto y el momento, más que empeñarse
en la búsqueda de respuestas unívocas y definitivas.
Esto no debe confundirse con un burdo cuestionamiento de todo
por todos. Muy por el contrario, una pedagogía que no
pretenda esculpir sus textos en mármol como verdades
eternas, supone la auto-disciplina del estudiante como complemento
de la apertura y flexibilidad del profesor.
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Una
universidad abierta: En constante interacción con el mundo
exterior
Si
la mayor fuerza del conocimiento está en su incorporación
a la práctica cotidiana de la sociedad y si su contribución
al desarrollo depende del acceso que tengan los ciudadanos a él,
entonces la apertura de las universidades al medio social donde
se ubican es una condición crucial de la modernización.
No es posible proponer un egresado preparado para el cambio y
el aprendizaje continuos llevando a cabo su formación en
un medio cerrado. La universidad misma, además de sus estudiantes
y sus pedagogos, tiene que ser capaz de adaptarse a requerimientos
dinámicos. Y eso exige esencialmente la apertura a una
relación viva con el mundo exterior.
- Abrir
el aula: Para cumplir su rol modernizador la
universidad necesita desarrollar y poner en práctica
diversas formas de acceso y participación de la comunidad.
Esto puede comenzar por lo aparentemente más sencillo,
es decir, la apertura del aula a profesionales en busca de actualización
o reciclaje y eventualmente a personas no profesionales interesadas
simplemente en aprender. Esto permitiría la penetración
del mundo "usuario" con sus inquietudes y problemas
en el ámbito tradicionalmente cerrado de quienes se preparan
para, en el futuro, incorporarse a ese mundo. Significaría
traer el futuro al presente, codearse desde la etapa formativa
con la problemática cotidiana del mundo del trabajo,
a través de la presencia diaria de quienes la viven.
Algo similar puede decirse de la apertura a la participación
de gente del mundo del trabajo como conferencistas, guías
de talleres de trabajo, co-tutores de investigaciones y otras
múltiples formas de colaboración enriquecedoras
de la labor del pedagogo.
- Salir
al "exterior" de la universidad: El contacto
permanente con el conocimiento cambiante tiene como requisito
indispensable la comunicación intensa con el mundo. La
globalización se da en este terreno de la manera más
completa, pues la información es el producto que más
fácilmente atraviesa imperceptiblemente las fronteras.
Basta con imaginarse una universidad que no esté conectada
a Internet para comprender el aislamiento al que quedaría
sometida una institución cerrada. Un número creciente
de investigadores está ya colocando sus artículos
directamente en la red, sin esperar la publicación en
las revistas. Igualmente, las discusiones entre académicos
se dan cada vez más en el contexto de foros virtuales.
En el otro extremo de la globalización, está la
importancia del contacto con el contexto local, con la comunidad.
De hecho, una de las razones por las cuales es crucial la conexión
intensa de la universidad con el mundo es la necesidad de servir
de vínculo entre los requerimientos locales y las fuentes
de apoyo mundiales.
-
Educación continua: Ya al referirnos al perfil
del egresado y al estilo pedagógico correspondiente hablábamos
de la necesidad de mantenerse al tanto del avance en la frontera
del conocimiento y de tener acceso al reciclaje y la re-especialización.
Sólo una universidad que se conciba a sí misma
como un sistema de educación y re-educación continua
puede responder adecuadamente a esos requisitos. Esto marca
una importante diferencia entre la reforma a nivel universitario
y la igualmente profunda, pero distinta, reforma de la educación
básica. Mientras que ésta seguirá brindando
una educación acotada en el tiempo, para los primeros
años de formación, aquella deberá mantenerse
abierta para servirle al ciudadano a lo largo de la vida.
-
Empeñarse en la relevancia: Todo este
proceso de apertura responde a un objetivo fundamental: lograr
que la universidad sea cada vez más relevante, conectarla
fuertemente a las necesidades de la sociedad en una época
signada por el rol central del capital humano. Ese empeño
habrá de nutrirse del contacto permanente con usuarios
y egresados y manifestarse en la renovación constante
de los contenidos y de los métodos, para responder cada
vez más adecuadamente a los requisitos del mundo del
trabajo, del ejercicio activo de la ciudadanía y del
desarrollo cultural de la comunidad.
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Enfrentar
el reto: Nuevo contexto, nuevo papel, otro modelo
-
El camino del desarrollo es ahora distinto: Lo primero
que es necesario reafirmar al preguntarse sobre el rol de la
universidad en estos difíciles tiempos es lo adecuado
y positivo que fue el papel cumplido por éstas en el
despliegue del paradigma anterior. Durante el período
de industrialización por sustitución de importaciones,
basado en la adopción de las tecnologías maduras
del paradigma de producción en masa, la universidad venezolana,
como la mayoría de las latinoamericanas, fue un poderoso
instrumento dinamizador del desarrollo. La formación
de camada tras camada de profesionales nutrió el proceso
con los dirigentes capaces de asumir las responsabilidades públicas
y privadas de la época. El modelo que permitió
y propició la incorporación a la educación
superior de amplias capas de todos los estratos económicos
contribuyó enormemente a la movilidad social y al desarrollo
de la democracia. Incluso la actitud desafiante y cuestionadora
de la universidad era un constante acicate para la práctica
de la justicia y el mantenimiento de al menos una parte de las
promesas del sistema político.
Una
vez que ese modelo de desarrollo se agota, sus instituciones
entran en un ineluctable proceso de deterioro y decadencia.
Todos los esfuerzos de las personas mejor intencionadas por
restablecer los viejos ideales, conservando las prácticas
habituales, están destinados a un inevitable fracaso.
El viejo modelo fue excelente y eficaz cuando era el adecuado
para el contexto; ahora se ha tornado impotente por haber cambiado
radicalmente las condiciones. La cuestión está
en encontrar un camino que sea efectivo para impulsar el desarrollo
y el avance social en la emergente sociedad del conocimiento.
-
Un proceso largo, complejo y doloroso: El camino
no es simple, ni se recorre en base a recetas. La enorme resistencia
humana que enfrenta es muy explicable; los muchos obstáculos
institucionales y regulatorios a superar son la inevitable herencia
del modelo que antes funcionó.
Precisamente,
una de las mayores dificultades que plantea un cambio de paradigma
como el que estamos viviendo es que el proceso de destrucción
creadora, intrínseco a la sustitución de una base
tecnológica por otra, va también acompañado
de la sustitución de un conjunto de instituciones y de
ideas por otras. Lo que antes funcionaba y era indudablemente
efectivo, ahora deja de serlo. Caso tras caso, el desarrollo
de un nuevo paradigma desafía a las personas a abandonar
sus tradicionales tecnologías, ideas o prácticas
por unas muchísimo más poderosas y ciertamente
más adecuadas al contexto moderno emergente.
Eso
sería muy simple si no implicara un cuestionamiento del
valor del capital humano acumulado por esas personas a lo largo
de una vida, en muchos casos satisfactoria y llena de éxitos.
Sería sencillo si no removiera las bases de las estructuras
establecidas de poder, a las cuales se aferran unos con las
mejores intenciones y otros por intereses mucho menos altruistas.
Resultaría fácilmente aceptable si no implicara
casi una re-educación de quienes han sido los educadores
y dirigentes de toda una generación. Son esas dificultades
las que generalmente conducen a que sea mediante el relevo generacional
como se llevan a cabo las reformas. Obviamente, la comprensión
del sentido del cambio por todos y la disposición a emprenderlo
sería un camino mucho menos desgarrador para la sociedad.
Con
todo y eso, en el mejor de los casos, la tarea es ardua y compleja.
Basta pasearse por los obstáculos legales, procedimientos,
actitudinales e ideológicos que habría que superar
para poner en práctica uno cualquiera de los cambios
modernizadores de los que hemos venido hablando.
-
Realizar la transformación bajo los principios del
nuevo paradigma: La primera reacción ante la
inmensidad de la tarea es de desaliento. Y, ciertamente, mientras
uno suponga que para hacer todas esas transformaciones es necesario
tener un plan general escrito y posiblemente un centro planificador,
dirigente y coordinador de toda la reforma, el objetivo se hace
imposible. Sin embargo, pensarlo así significa quedarse
en los esquemas del viejo modo de dirigir. El nuevo modelo sólo
podrá ser construido de manera efectiva aplicando los
nuevos principios organizativos que lo sustentan.
Así
como se aspira a producir un egresado universitario autónomo,
con capacidad de autogestión en relación con su
vida personal y profesional, capaz de aprender, de cambiar y
de trabajar en equipo, asimismo hay que concebir el proceso
de reforma como un proceso participativo y dinámico,
con la incorporación activa de todos los actores involucrados
y de nada vale esperar un solo plan grandioso desde arriba.
Eso
supone la definición de un rumbo estratégico y
la creación de un contexto que facilite y propicie millares
de acciones convergentes, tanto individuales como colectivas.
La nueva universidad emergerá de las acciones de cada
uno en su espacio. La modernización ocurrirá como
resultado de los cambios efectuados por cada profesor en su
materia y en su aula, por cada departamento o escuela, por cada
facultad y por cada universidad. Cada ámbito requiere
modificaciones de contenido y de actitudes, de métodos
y de nexos, de hábitos y de reglas.
Obviamente,
los dirigentes gremiales desde adentro y la dirigencia política
desde afuera tendrán un enorme impacto, con su actitud
y sus acciones, en la eficacia, rapidez y efectividad de la
reforma. Resistir o impulsar son las dos grandes opciones. Aunque,
una vez que se opte por impulsar, hay importantes variantes
dentro de lo viable.

En realidad, lo que ha ocurrido en cada transición
es que, a la tradicional distinción entre los solidarios
y los individualistas -o, si se prefiere, entre izquierda y
derecha-, se superpone una nueva distinción: entre los
que miran hacia adelante y los que miran hacia el pasado; los
que reconocen el cambio de contexto y diseñan nuevas
estrategias viables para perseguir sus ideales y los que se
aferran con nostalgia a los modos que siempre utilizaron. Por
eso en estas épocas se fracturan las organizaciones políticas
y surgen otras nuevas. Por eso se da una gran confusión
al tratar de distinguir las posiciones políticas frente
a lo nuevo. Las viejas clasificaciones automáticas ya
no funcionan.
-
La universidad ¿a la vanguardia o a la zaga?: En
última instancia, lo que se está jugando en la
realización o no de la reforma y en su idoneidad para
responder a los nuevos tiempos es la contribución de
la universidad al desarrollo del país en este período
específico.
En
los países más avanzados se ha dado un proceso
de modernización de la economía y de las empresas,
con base en la revolución tecnológica y gerencial
e impulsado por una intensa competencia en el contexto de la
globalización. En esas condiciones, los requisitos de
las empresas en términos de perfil de egresados han llevado
a las universidades a cambiar en la dirección indicada.
De hecho, todo lo que hemos discutido arriba se basa en la información
sobre esa transformación de la empresa, ya ocurrida en
una significativa proporción del espectro económico
de esos países y en menor medida en los menos desarrollados.
Claro
que en nuestros países también podríamos
esperar hasta que el cambio en el aparato productivo fuera suficientemente
visible como para que los requisitos de cambio lleguen a las
universidades desde allí. Esto, no obstante, sería
un desperdicio.
El
cambio de paradigma que está teniendo lugar en el mundo
es completamente accesible a nosotros, a través de un
amplio espectro de fuentes de información, desde las
más teóricas de tipo académico, hasta las
más prácticas, tipo recetario. Nada impediría
que la universidad se valiera de esa información para
ponerse a la vanguardia y empezar, de una vez a preparar el
tipo de egresados que el mundo productivo estará requiriendo
cada vez más, a medida que se moderniza. Ya muchas universidades
del continente han asumido ese papel. En la práctica,
esa decisión permite superar el rezago inevitable de
los años de formación. Por otra parte, una actitud
de avanzada en la universidad dotaría al aparato económico
de un impulso adicional para saltar al futuro y empezar seriamente
a generar la riqueza requerida para transitar la senda del aumento
del bienestar colectivo.
La
alternativa es clara. Quedarse a la zaga y esperar hasta que
la insuficiencia y la inadecuación del capital humano
se conviertan en otro elemento agravante de la crisis o ponerse
a la vanguardia y generar un círculo virtuoso a favor
del desarrollo. Sólo este último camino es un
aporte digno de una universidad responsable.
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