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La
teoría de las ondas largas tiene una contribución
importante que hacer al análisis de la situación
actual. En particular, la noción del cambio de "paradigma
tecno-económico"[1]
ofrece una interpretación del actual período que
puede ayudar a comprender la naturaleza del desafío y proporcionar
pautas útiles para acciones sociales y políticas
efectivas.
Las
"ondas largas" en el crecimiento económico son
un fenómeno recurrente cada medio siglo, con 20 o 30 años
de fuerte crecimiento general, seguidos de 20 o 30 años
de crecimiento inestable, disparejo y lento, con recesiones y
hasta depresiones. Schumpeter atribuyó estas fluctuaciones
de larga duración al impacto de sucesivas revoluciones
tecnológicas y el proceso de absorción de sus efectos[2].
Dichas revoluciones funcionan como "huracanes de destrucción
creadora" reemplazando productos y procesos e introduciendo
docenas de nuevas industrias y miles de nuevos productos.
El
concepto de cambio de paradigma tecno-económico extiende
esa hipótesis interpretativa sosteniendo que las revoluciones
tecnológicas tienen un impacto profundo y universal no
sólo porque abren un nuevo y dinámico potencial
para la creación de riqueza nueva sino porque ofrecen tecnologías
genéricas que permiten dar un salto cuántico en
la productividad de todas y cada una de las otras actividades
económicas existentes.
Un
paradigma tecno-económico es la encarnación de este
nuevo potencial transformador en un nuevo modelo o conjunto de
principios de "óptima práctica" que acompaña
la difusión de cada revolución tecnológica.
El nuevo paradigma es capaz de transformar todas las ramas de
la economía y la economía de todos los países,
renovando productos y procesos, relocalizando actividades, redefiniendo
mercados, rediseñando empresas y modificando los modos
de producir y los modos de vivir a todo lo largo y ancho del planeta.
El
mundo está viviendo un cambio de paradigma de esa naturaleza
hace ya más de dos décadas. Todo comenzó
en los años setenta con la irrupción del microprocesador
que abarató increíblemente la tecnología
de información y la hizo poderosa, ubicua y barata. Luego,
a mediados de los ochenta, comenzó a difundirse una nueva
y complementaria ola de cambio. Un flujo incesante de libros y
consultores comenzó a propagar las virtudes del estilo
"japonés" de administración y de las muchas
variantes y versiones que se fueron desarrollando mediante su
adaptación a otros contextos. Ese cambio de la producción
fordista en masa a los sistemas flexibles computarizados resultó
en éxitos asombrosos de empresas y países y su impacto
continua modernizando una industria tras otra y cambiando las
condiciones en un mercado tras otro.
Sin
embargo, en lugar de un incremento general del bienestar, las
primeras décadas del despliegue de una revolución
tecnológica tienen efectos económicos y sociales
tremendamente disparejos. Como las nuevas tecnologías no
pueden prosperar en el ambiente del paradigma precedente, se va
produciendo un creciente desacoplamiento entre la esfera tecno-económica,
donde las nuevas industrias se están abriendo camino renovando
o desplazando a las antiguas y el marco socio-institucional, cuya
forma fue dada por el viejo paradigma. Las recetas de política
eficaces antes, resultan ahora impotentes, será necesario
establecer instituciones y políticas que sean efectivas
en el ámbito creado por el nuevo paradigma.
Pero
las instituciones tienen una inercia natural, reforzada por los
antiguos éxitos y por los intereses creados. La necesidad
de una reforma institucional profunda sólo llega a ser
algo plenamente consciente, como hemos comenzado a sentir desde
los últimos años de la década de los noventa,
cuando los efectos socialmente negativos de estos períodos
de "destrucción creadora" en la economía
generan fuertes presiones políticas hacia el cambio. Podríamos
pues decir que, en cierto sentido, las fases descendentes de las
ondas largas tienen un origen tecno-económico y una solución
institucional.
La
transición es pues un largo período de experimentación
por ensayo y error, de confrontación entre las fuerzas
del cambio y el peso de la inercia, de conflictos y negociaciones,
signado por la inestabilidad general y por la inseguridad y el
sufrimiento de las grandes mayorías. Por supuesto que no
todos los experimentos resultan exitosos ni están bien
orientados y algunos pueden ser tan desastrosos como la propia
resistencia al cambio. Pero la nueva fase de ascenso no se desatará
mientras las innovaciones sociales e institucionales adecuadas
no hayan establecido un buen acoplamiento entre el nuevo potencial
tecno-económico y un sistema institucional capaz de regular
y facilitar su pleno despliegue, tanto a nivel nacional como internacional.
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