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Todos
estaríamos de acuerdo en que, para evaluar el impacto del
cambio técnico en la sociedad en general o en cualquier
aspecto particular de la actividad humana, requerimos algunas
bases de previsión. Si las nuevas tecnologías se
nos vienen encima como una tormenta súbita o nos sorprenden
como un terremoto, es poco lo que podemos hacer como sociedad
para dominarlas o guiarlas para el bien común. Lo que aquí
sostendremos es que, a pesar de la innegable diversidad de las
tecnologías, de la naturaleza impredecible de las invenciones
y la inevitable incertidumbre y riesgo que acompañan las
innovaciones comerciales, hay una lógica cognoscible tras
las grandes tendencias del cambio tecnológico.
Comencemos
por enfatizar que estudiaremos el cambio técnico, no como
un fenómeno ingenieril, sino como un proceso social complejo
que envuelve factores técnicos, sociales e institucionales
en una red de interacciones. Las invenciones aisladas como tales,
no cambian el mundo; son los procesos amplios de difusión
de grandes oleadas de innovación los que logran cambiarlo.
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Invenciones,
innovación y difusión
Para
desarrollar el análisis necesitamos un conjunto de conceptos
adecuados de clasificación. La distinción más
básica es la Schumpeteriana
[1]
entre
invención, innovación y difusión.
La
invención de un nuevo producto o proceso ocurre dentro
de lo que podemos llamar la esfera tecno-científica, allí
puede quedarse para siempre. Por contraste, la innovación
es un hecho económico. La primera introducción comercial
de una innovación la transfiere a la esfera tecno-económica
como un hecho aislado, cuyo futuro se decidirá en el mercado.
En caso de que fracase, puede desaparecer temporalmente o para
siempre. Si tiene éxito, aún puede permanecer como
hecho aislado o llegar a ser económicamente significativo,
dependiendo de su grado de apropiabilidad, su impacto en los competidores
o en otras áreas de la actividad económica. El hecho
que tiene las consecuencias sociales de mayor alcance es el proceso
de adopción masiva. La vasta difusión es lo que
realmente transforma lo que un día fue una invención
en un fenómeno socio-económico.
Así,
las invenciones ocurren en cualquier momento, a ritmos variados
y con diferente importancia. No todas llegan a ser innovaciones,
y no todas las innovaciones alcanzan un alto nivel de difusión.
De hecho, el mundo de lo técnicamente factible es siempre
mucho mayor que el de lo económicamente rentable y éste,
a su vez, es mucho mayor que el de lo socialmente aceptable.
De
acuerdo con esto, lo que nos interesa comprender son los procesos
de difusión de innovaciones. Establezcamos, pues, un modo
de clasificar las innovaciones que nos ayude a entender las condiciones
económicas y sociales propicias a la difusión y
nos dé orientación para apreciar el significado
relativo de las diversas formas y tendencias del cambio técnico.
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Innovaciones
incrementales y radicales
Las
innovaciones incrementales son las mejoras sucesivas a los productos
y procesos existentes. Desde un punto de vista económico,
este tipo de cambio es el que origina el aumento general de productividad,
observable en las estadísticas. La dinámica evolutiva
de cada tecnología particular se caracteriza por frecuentes
incrementos en eficiencia técnica, productividad y precisión
de los procesos y por cambios regulares en los productos para
conseguir mejor calidad, reducir costos o ampliar la gama de usos.
La lógica que guía esta evolución, llamada
" trayectoria natural" por Nelson y Winter
[2]
y "paradigma tecnológico" por Dosi[3]
,
es analizable y hace relativamente predecible el curso de los
cambios incrementales. Dada una base tecnológica y los
principios económicos fundamentales, es posible predecir
con un razonable grado de certeza que, por ejemplo, los microprocesadores
serán cada día más pequeños, más
poderosos y de operación más rápida. Varias
décadas atrás, una vez introducida la refinación
catalítica, y conocidos los perfiles de demanda de los
derivados de petróleo, era natural esperar que la evolución
tecnológica llevaría a mejoras sucesivas orientadas
a aumentar el rendimiento en gasolina, en detrimento de los productos
más pesados, con menor demanda y precios más bajos.
Igualmente, luego del descubrimiento de la Ley de Chilton, según
la cual duplicar la capacidad de planta en las industrias de procesos
aumentaba el costo de inversión en sólo 60%, fue
fácil esperar una tendencia a obtener tales economías
de escala en muchas industrias de ese tipo. Así, la gran
mayoría de las innovaciones se producen como un flujo continuo
de cambios incrementales a lo largo de direcciones esperadas.
Una
innovación radical, por contraste, es la introducción
de un producto o proceso realmente nuevo. Tal como observan Freeman[4]
y Mensch[5]
,
debido a la naturaleza auto- contenida de las trayectorias de
cambio incremental, es prácticamente imposible que una
innovación radical resulte de los esfuerzos por mejorar
una tecnología existente. El nylon no pudo surgir de los
cambios incrementales de una planta de rayón, ni la energía
atómica ser desarrollada a través de una serie de
innovaciones en plantas eléctricas alimentadas con combustibles
fósiles. Una innovación radical es, por definición,
un punto de partida, capaz de servir de inicio a una nueva trayectoria
técnica. Aunque las innovaciones radicales son más
fácilmente adoptadas cuando la trayectoria anterior está
por agotarse, estas pueden introducirse en cualquier momento,
acortando bruscamente el ciclo de vida de los productos o procesos
que sustituyen. Hay innovaciones radicales que dan nacimiento
a toda una industria nueva. La televisión, por ejemplo,
no sólo introdujo una industria manufacturera, sino también
servicios de programación y transmisión, ampliando,
a su vez, el campo de la publicidad. En este sentido, las innovaciones
radicales importantes se ubican al centro de las fuerzas básicas
que impulsan el crecimiento y el cambio estructural en la economía.
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Nacimiento,
desarrollo y agotamiento de una tecnología
La
combinación de estos dos conceptos nos permite visualizar
la evolución de una tecnología desde la introducción
hasta la madurez, como se muestra en la Figura 1. Cada producto
radicalmente nuevo es relativamente primitivo cuando recién
se introduce. En el período inicial hay mucha experimentación
en el producto, en su proceso de producción, en el mercado
y entre los primeros usuarios. Gradualmente se establece una posición
en el mercado y se identifican las tendencias principales de su
trayectoria. De allí en adelante se produce una especie
de despegue hacia un período de mejoramientos incrementales
acelerados en calidad, eficiencia, efectividad de costos y otras
variables, hasta que el proceso encuentra sus límites.
En ese punto la tecnología alcanza su madurez. Ha perdido
su dinamismo y rentabilidad. Según el tipo de producto,
este ciclo puede durar meses, años o décadas; puede
involucrar a una sola empresa o a docenas o miles de ellas. Cuando
la tecnología se acerca a la madurez, se produce con frecuencia
entre las empresas productoras un proceso de concentración,
absorción y/o exclusión, que deja en actividad a
sólo unos pocos. Al llegar a la madurez es muy probable
que el producto sea reemplazado por otro o que la tecnología
sea vendida a productores más débiles y con menor
costo de factores (tal como pasó con el redespliegue de
industrias maduras hacia el Tercer Mundo a fines de los sesenta
y en los años setenta).

En
consecuencia al prever el rumbo futuro de tecnologías individuales
se pisa terreno relativamente sólido y, de hecho, ello
es muy común en la práctica cotidiana de ingenieros,
gerentes e inversionistas. Para cada producto o proceso individual,
la ruta del cambio no es algo sometido al azar. Su destino, a
menos que aparezca antes una innovación radical, es alcanzar
la madurez y el agotamiento. Hay, pues, momentos de discontinuidad
y períodos de continuidad en la evolución de cada
tecnología individual.
Esto,
por supuesto, no lleva a las ondas largas. Las innovaciones individuales
(radicales o incrementales) suceden constantemente en productos
y procesos, en diversas industrias y diferentes lugares. Algunas
son importantes, otras no; algunas tienen una vida larga, otras
una reducida. En realidad, si las tecnologías se desarrollaran
aisladas unas de otras, la fase de dinamismo en el ciclo de vida
de unas se contrapondría a la de madurez y agotamiento
de otras. Pero las tecnologías crecen en sistemas.
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Los
sistemas tecnológicos como rutas para la innovación
radical
Freeman[6]
define los sistemas tecnológicos como constelaciones de
innovación, técnica y económicamente relacionadas,
que afectan a varias ramas de la producción. Rosenberg
[7]
describe la manera como algunas innovaciones inducen la aparición
de otras. Cambios repentinos e importantes que, por ejemplo, aumentan
la velocidad de las máquinas-herramienta, inducen esfuerzos
innovativos en aleaciones de corte capaces de resistir temperaturas
y velocidades más altas. En general, las trayectorias individuales
en un producto, proceso o rama de la industria tienden a encontrar
cuellos de botella que se transforman en incentivos para la innovación
(incluso radical) en otras industrias. Nelson y Winter [8]
identifican
tecnologías genéricas cuya trayectoria natural comprende
un conjunto completo de innovaciones radicales.
En
tecnología petroquímica, por ejemplo, se pueden
identificar varios sistemas diferentes pero relacionados: las
fibras sintéticas, que han transformado la industria textil
y la del vestuario; los plásticos, cuyo impacto múltiple,
como materiales estructurales, genera líneas completas
de equipos para extrusión, moldeo y corte, y cuya versatilidad
transforma la industria del empaque y abre un amplio horizonte
de innovación en productos desechables y así sucesivamente.
Desde
el punto de vista de un sistema tecnológico, hay cierta
lógica que enlaza una serie de innovaciones radicales sucesivas
en una trayectoria natural común. Una vez que se ha establecido
tal lógica para el sistema, es posible prever una sucesión
creciente de nuevos productos y procesos, cada uno de los cuales,
tomado individualmente, aparece como una innovación radical,
pero que tomado dentro del sistema aparece como un cambio incremental.
La serie de productos de consumo durable hechos de metal o plástico
y dotados de un motor eléctrico, que comienza con la aspiradora
doméstica y la máquina de lavar, sigue con los procesadores
de alimentos y las refrigeradoras y se acerca al agotamiento con
los abre-latas y los cuchillos eléctricos es un ejemplo,
banal si se quiere, de este tipo de lógica en el área
de productos. La sucesión de materiales plásticos
con las más diversas características, basados en
los mismos principios de química orgánica, es un
ejemplo en al campo de los productos intermedios con enorme impacto
en la generación de innovaciones en las industrias usuarias.
La "Revolución Verde", que introdujo crecientes
familias de máquinas agrícolas movidas con petróleo,
junto con numerosas innovaciones petroquímicas en fertilizantes,
herbicidas y pesticidas, es un ejemplo de evolución coherente
en la lógica de un sistema productivo.
La
amplitud del impacto de un nuevo sistema tecnológico depende
de la "amplia adaptabilidad" [9]
de
las innovaciones que a él contribuyen y de su carácter
múltiple. No son sólo tecnológicas. Cada
sistema tecnológico agrupa innovaciones técnicas
en insumos, productos y procesos e innovaciones gerenciales y
administrativas. Más aún, un sistema puede inducir
importantes cambios sociales, institucionales y aún políticos.
La constelación tecnológica de la " Revolución
Verde" llevó a la implantación del monocultivo
en terrenos de grandes extensiones e indujo cambios en la organización
de la producción y la distribución, así como
en la propiedad de la tierra. El automóvil, la línea
de montaje, las redes de productores de partes, las estaciones
de servicio, la vivienda suburbana y los centros comerciales son
sólo parte de la constelación técnica, económica
y social construida a nuestro alrededor por el motor de combustión
interna.
Pero
los sistemas tecnológicos, al igual que las tecnologías
individuales, eventualmente agotan su potencial de crecimiento
y mejoramiento. Durante un largo tiempo, un sistema tecnológico
proporciona oportunidades múltiples y crecientes para innovar
e invertir en productos, servicios o insumos. Pero llega un momento
en que el sistema pierde dinamismo técnico y de mercado,
llega a la madurez, amenaza el crecimiento y la rentabilidad de
la mayoría de las empresas del sector y, en consecuencia,
estimula la búsqueda de productos radicalmente nuevos que,
a su vez, servirán de núcleos para nuevos sistemas
tecnológicos.
Así,
al nivel de sistemas tecnológicos, nos encontramos con
el mismo fenómeno de continuidad y discontinuidad en la
evolución. De nuevo, a primera vista no hay razón
para esperar que ocurran ondas largas debido a límites
en los ciclos de vida de los sistemas tecnológicos. Tal
como en el caso de las innovaciones individuales, uno podría
imaginar un proceso de compensación de la declinación
de unos sistemas por el crecimiento de otros en diversos lugares
de la economía. Este sería el caso si los sistemas
crecieran en forma aislada, pero los sistemas tecnológicos
crecen de manera fuertemente relacionada entre ellos mismos y
con el ambiente económico, cultural e institucional que
comparten.
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Un
proceso auto-reforzado de crecimiento y agotamiento
Las
consecuencias del agotamiento de un sistema no son manejables
de manera tan simple como las del agotamiento de un producto.
Cuando un sistema llega a la madurez y pierde dinamismo, no sólo
deben adaptarse al cambio las empresas productoras, sino que también
deben hacerlo todo el medio social e institucional y los arreglos
que se fueron instalando alrededor de tal sistema. Por supuesto
que el proceso de sustitución no es una erradicación,
sino un lento y doloroso cambio entre las proporciones de lo nuevo
en relación con lo viejo. Sin embargo, el resultado final
es un cambio radical de las estructuras involucradas. Tal fue
el caso cuando los ferrocarriles y los barcos de carga fueron
gradualmente reemplazados por camiones y aeroplanos, cuando los
materiales naturales fueron sustituidos por sintéticos,
o cuando el reino de la radio fue reemplazado por el de la televisión
o, más recientemente cuando los discos de pasta fueron
desplazados por los compactos de lectura óptica (CDs).
Cada uno, desde los productores hasta los consumidores, debió
de un modo u otro adaptarse a estos cambios, lo que usualmente
ha implicado un reajuste en las posiciones relativas de los actores
(incluso la desaparición de algunos y la llegada de otros
nuevos) junto con cambios en las reglas de juego. Es por todo
esto que, sólo visualizando las tecnologías individuales
dentro de sistemas tecnológicos, comenzamos a entender
el complejo conjunto de interacciones que tiene lugar mientras
la tecnología se difunde y las dificultades sociales que
son generadas por las discontinuidades en el cambio técnico.
El
despliegue de cada sistema tecnológico envuelve varios
procesos interconectados de cambio y adaptación:
- El
desarrollo de la red de servicios de apoyo (infraestructura
necesaria, proveedores especializados, distribuidores, servicios
de mantenimiento, etc.);
- La
adaptación "cultural" a la lógica del
sistema y de las tecnologías interrelacionas, (entre
los ingenieros, gerentes, personal de ventas y servicio, consumidores,
etc.); y
- La
instalación y puesta en marcha de los "facilitadores"
institucionales (normas y regulaciones, educación, entrenamiento
especializado, etc.)
Por
supuesto que esta adaptación del ambiente económico,
cultural e institucional a los requerimientos de los sistemas
tecnológicos no es pasiva. La sociedad, a su vez, moldea
y orienta el desarrollo de los sistemas tecnológicos, incluyendo
casos como la energía nuclear donde la resistencia ha sido
particularmente notoria. Para nuestros propósitos, sin
embargo, interesa destacar un fenómeno de vastas consecuencias:
El ambiente social se convierte en un poderoso mecanismo de selección
para la inclusión o exclusión de innovaciones, de
tal modo que es cada vez más fácil invertir en productos
y servicios que pertenecen al sistema y cada vez más difícil
e incómodo invertir en innovaciones no relacionadas con
él.
La
adaptación social que se produce alrededor de un sistema
tecnológico particular genera condiciones fuertemente favorecedoras
de las innovaciones compatibles o aceptables con ese sistema.
De hecho lo que se proporciona es una externalidad positiva, una
ventaja gratuita y ya instalada para introducir al mínimo
costo producto tras producto de una misma serie. Cuando ya todas
las casas tienen electricidad, se pueden poner en el mercado tantos
artefactos electro-domésticos como se puedan inventar.
Una vez que todos los auto- mercados y todas las casas tienen
congeladores, uno puede innovar todo lo que quiera en el campo
de los alimentos congelados. Después que las maquinarias
textiles operan adecuadamente con fibras sintéticas, pueden
introducirse más y más variedades de tales fibras.
Brian Arthur[10]
ha mostrado cómo este fenómeno de inclusión-exclusión
("locking –in") opera aún al nivel de modelos
entre tecnologías competitivas para un producto en particular.
El triunfo del VHS y la exclusión gradual de la tecnología
BETA en videocassettes (aunque muchos expertos opinan que el segundo
sistema era el mejor de los dos) es un ejemplo reciente de cómo
ciertas condiciones del mercado que favorecen la difusión
temprana de un producto o tecnología, en detrimento de
otras opciones, pueden resultar en un sesgo definitivo.
Así,
el desarrollo de un sistema produce externalidades que facilitan
las innovaciones radicales a lo largo de trayectorias generales
ya establecidas o son capaces de crear nuevas trayectorias relacionadas.
Esto se debe, entre otras cosas, a que esas externalidades reducen
significativamente los costos de introducción de innovaciones
y de captación de consumidores, los cuales a menudo son
los costos más altos y difíciles de recuperar.
Las
consecuencias de este fenómeno son dobles. Por un lado,
muchas innovaciones potenciales son, o bien excluidas, o bien
sometidas a la lógica predominante, con lo cual se dejan
de aprovechar algunos de sus usos más radicales. Por ejemplo,
cuando aparecieron los transistores, se utilizaron para construir
radios y otros aparatos eléctricos pequeños y portátiles.
Los primeros chips integrados, en los años sesenta, se
usaron en aparatos para facilitar la audición y en un par
de aplicaciones militares menores. La idea de usarlos para computación
estaba allí, pero las condiciones económicas y de
mercado para esta aplicación, de tanto mayor alcance, todavía
no existían. De hecho, los sistemas establecidos llevan
a una especie de ceguera selectiva que afecta incluso a los ingenieros
y empresarios con mayor visión de futuro. El propio Siemens,
en los primeros tiempos de la electricidad, pensó que instalarla
en cada casa era una utopía y T. J. Watson, el jefe de
IBM cuando la empresa produjo los primeros computadores, pensó
que el mercado mundial quedaría cubierto con unas pocas
de tales máquinas.
La
otra consecuencia de estas externalidades más y más
poderosas es que, cuanto más desarrollado sea un sistema,
más corto será el ciclo de vida de cada innovación
radical dentro de su trayectoria. El ciclo de vida de las innovaciones
radicales que se presentan en las etapas finales del desarrollo
de un sistema es generalmente mucho más corto que el de
aquellos que aparecieron más temprano. Por supuesto que
esto se debe en parte a que las innovaciones mayores son generalmente
las mismas que dieron nacimiento al sistema, mientras que las
finales tienden a ser complementarias. Pero también se
debe al hecho de que, una vez establecidas la redes de proveedores
y distribución, estandarizadas las rutinas de producción
y habituados los usuarios, toma muy poco tiempo realizar la serie
de innovaciones incrementales y alcanzar la saturación
del mercado y el ritmo "vegetativo" de crecimiento.
Tomó décadas el lograr que cada casa tuviera una
cocina eléctrica o a gas, un refrigerador y una máquina
de lavar, pero hicieron falta sólo unos pocos años
para llegar a la mayoría de los consumidores potenciales
de abre-latas y cuchillos eléctricos.
De
este modo, el tejido de adaptaciones mutuas entre los sistemas
tecnológicos y el ambiente económico, cultural e
institucional, tiende a que toda la estructura se auto- refuerce,
tanto en su desarrollo como en su agotamiento, en sus mecanismos
de inclusión y de exclusión. El problema surge cuando
las empresas que operan en un sistema que llega a la madurez tienen
que enfrentar una seria amenaza a su crecimiento, a su rentabilidad,
e incluso a su sobrevivencia.
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Las
revoluciones tecnológicas como rejuvenecimiento de todos
los sistemas
Al
comienzo de la década de los setenta, existía un
amplio consenso (y temor) de que la industria del automóvil
había llegado a la madurez. Sus mercados habían
perdido dinamismo y crecían, si acaso, en forma extremadamente
lenta, los inventarios se acumulaban, la productividad estaba
estancada y las utilidades amenazadas. Muchos expertos consideraban
que el automóvil se había transformado en un producto
básico ("commodity") cuyo futuro estaba sólo
en una completa estandarización que llegaría al
"automóvil mundial". Los motores se producirían
en un país, las cajas de cambio en otro, las carrocerías
en el siguiente, y así sucesivamente, buscando aumentar
la productividad maximizando las economías de escala. Esta
era la forma cómo la mentalidad de la época imaginaba
hacer frente a la madurez de ese sistema tecnológico.
Muy
pocos previeron lo que realmente sucedió. La industria
japonesa desarrolló una manera totalmente distinta de organizar
la producción y los mercados, la cual al comienzo amenazó
con dominar la industria mundial del automóvil. En lugar
de eso, el nuevo modelo organizativo llevó al rediseño
de todas las empresas y de sus formas de inserción, competencia
e inter-relación. Por último, mediante una dinámica
combinación del nuevo estilo gerencial con el uso de la
informática en los procesos y productos, en la administración
y los mercados, la industria fue completamente renovada y colocada
en una nueva y dinámica trayectoria de innovación
incremental11]
.
Así
pues, la madurez no termina inevitablemente en la marginación
de un sistema tecnológico, ni es siempre necesario que
aparezca un producto radicalmente nuevo para reemplazar al producto
clave del sistema que ha madurado. Ambas cosas son posibles y
a veces suceden las dos. Sin embargo lo más probable, especialmente
en tiempos como los años setenta, cuando muchos sistemas
inter-relacionados estaban llegando a la madurez mas o menos simultáneamente,
es que la solución común aparezca bajo la forma
de una revolución tecnológica. Lo que sucede entonces
es la difusión de un nuevo conjunto de tecnologías
genéricas, capaz de transformar y rejuvenecer a prácticamente
todas las industrias existentes, junto con la creación
de un grupo de nuevas industrias dinámicas en el centro
de sistemas tecnológicos radicalmente nuevos. Estas son
las revoluciones tecnológicas descritas por Schumpeter
[12]
como "huracanes de destrucción creadora". Es
su aparición cada cincuenta o sesenta años más
o menos, lo que origina las llamadas ondas largas en el crecimiento
económico.
Schumpeter
y muchos otros después de él [13]
han enfatizado la poderosa naturaleza dinámica de cada
una de esas grandes olas de nuevas tecnologías, así
como su capacidad para modificar profundamente el mundo circundante.
La sociedad ha reconocido su importancia estructural al referirse
a los períodos cuando se han producido esos enormes cambios
técnicos como la Revolución Industrial, la Era del
Ferrocarril, la Edad de la Electricidad y la Edad del Automóvil.
Las industrias en el centro de estas revoluciones llegaron a ser
realmente las propulsoras del crecimiento durante un período
considerable de tiempo. También impulsaron la proliferación
de nuevas industrias y servicios complementarios a la producción
y el uso de los nuevos productos, de un modo similar a lo que
más arriba señalamos con respecto a los sistemas
tecnológicos de mayor importancia.
Sin
embargo, lo que aquí sugerimos es que hacen mucho más
que eso. Las Revoluciones tecnológicas cambian los criterios
de "sentido común" para la ingeniería
y los negocios a todo lo largo y ancho del espectro. De hecho,
y a nuestro parecer, cada revolución tecnológica
merece ese nombre no sólo por las nuevas industrias que
anuncia y las nuevas posibilidades técnicas que abre, sino
también, y quizás principalmente, porque modifica
radicalmente "la frontera de óptima práctica"
para todos los sectores de la economía.
Cada
una de estas revoluciones es, de hecho, una constelación
de sistemas tecnológicos con una dinámica común,
incluyendo un conjunto de tecnologías genéricas
de muy amplio campo de aplicación. Su difusión,
a todo lo largo y ancho de la esfera productiva tiende a abarcar
casi toda la economía y termina transformando los modos
de producir, las maneras de vivir y la geografía económica
del mundo entero.
Tales
revoluciones, dado su carácter ubicuo, generan cambios
masivos y fundamentales en el comportamiento de los agentes económicos.
Cabe preguntarse qué tipo de mecanismo sería capaz
de servir de guía a un cambio de tal envergadura.
|
| |
| NOTAS:
|
| [1] |
SCHUMPETER,
1939 (back
to text) |
| [2] |
NELSON
and WINTER, 1977 (back
to text) |
| [3] |
DOSI,
1982 (back
to text) |
| [4] |
FREEMAN,
1984 (back
to text) |
| [5] |
MENSCH,
1975 (back
to text) |
| [6] |
FREEMAN,
CLARK AND SOETE, 1982 (back
to text) |
| [7] |
ROSENBERG,1975
(back
to text) |
| [8] |
NELSON
and WINTER, 1982 (back
to text) |
| [9] |
KEIRSTEAD,
1948 (back
to text) |
| [10] |
ARTHUR,
1988 (back
to text) |
| [11] |
ALTSHULER
et al., 1990 (back
to text) |
| [12] |
SCHUMPETER,1939
(back
to text) |
| [13] |
LANDES,
1969 (back
to text) |
|
 |
|
|