Revoluciones tecnológicas,
cambios de paradigma y de modelos socio institucionales


 
 

Todos estaríamos de acuerdo en que, para evaluar el impacto del cambio técnico en la sociedad en general o en cualquier aspecto particular de la actividad humana, requerimos algunas bases de previsión. Si las nuevas tecnologías se nos vienen encima como una tormenta súbita o nos sorprenden como un terremoto, es poco lo que podemos hacer como sociedad para dominarlas o guiarlas para el bien común. Lo que aquí sostendremos es que, a pesar de la innegable diversidad de las tecnologías, de la naturaleza impredecible de las invenciones y la inevitable incertidumbre y riesgo que acompañan las innovaciones comerciales, hay una lógica cognoscible tras las grandes tendencias del cambio tecnológico.

Comencemos por enfatizar que estudiaremos el cambio técnico, no como un fenómeno ingenieril, sino como un proceso social complejo que envuelve factores técnicos, sociales e institucionales en una red de interacciones. Las invenciones aisladas como tales, no cambian el mundo; son los procesos amplios de difusión de grandes oleadas de innovación los que logran cambiarlo.
             

  

Invenciones, innovación y difusión

Para desarrollar el análisis necesitamos un conjunto de conceptos adecuados de clasificación. La distinción más básica es la Schumpeteriana [1] entre invención, innovación y difusión.

La invención de un nuevo producto o proceso ocurre dentro de lo que podemos llamar la esfera tecno-científica, allí puede quedarse para siempre. Por contraste, la innovación es un hecho económico. La primera introducción comercial de una innovación la transfiere a la esfera tecno-económica como un hecho aislado, cuyo futuro se decidirá en el mercado. En caso de que fracase, puede desaparecer temporalmente o para siempre. Si tiene éxito, aún puede permanecer como hecho aislado o llegar a ser económicamente significativo, dependiendo de su grado de apropiabilidad, su impacto en los competidores o en otras áreas de la actividad económica. El hecho que tiene las consecuencias sociales de mayor alcance es el proceso de adopción masiva. La vasta difusión es lo que realmente transforma lo que un día fue una invención en un fenómeno socio-económico.

Así, las invenciones ocurren en cualquier momento, a ritmos variados y con diferente importancia. No todas llegan a ser innovaciones, y no todas las innovaciones alcanzan un alto nivel de difusión. De hecho, el mundo de lo técnicamente factible es siempre mucho mayor que el de lo económicamente rentable y éste, a su vez, es mucho mayor que el de lo socialmente aceptable.

De acuerdo con esto, lo que nos interesa comprender son los procesos de difusión de innovaciones. Establezcamos, pues, un modo de clasificar las innovaciones que nos ayude a entender las condiciones económicas y sociales propicias a la difusión y nos dé orientación para apreciar el significado relativo de las diversas formas y tendencias del cambio técnico.
    

  

Innovaciones incrementales y radicales

Las innovaciones incrementales son las mejoras sucesivas a los productos y procesos existentes. Desde un punto de vista económico, este tipo de cambio es el que origina el aumento general de productividad, observable en las estadísticas. La dinámica evolutiva de cada tecnología particular se caracteriza por frecuentes incrementos en eficiencia técnica, productividad y precisión de los procesos y por cambios regulares en los productos para conseguir mejor calidad, reducir costos o ampliar la gama de usos. La lógica que guía esta evolución, llamada " trayectoria natural" por Nelson y Winter [2] y "paradigma tecnológico" por Dosi[3] , es analizable y hace relativamente predecible el curso de los cambios incrementales. Dada una base tecnológica y los principios económicos fundamentales, es posible predecir con un razonable grado de certeza que, por ejemplo, los microprocesadores serán cada día más pequeños, más poderosos y de operación más rápida. Varias décadas atrás, una vez introducida la refinación catalítica, y conocidos los perfiles de demanda de los derivados de petróleo, era natural esperar que la evolución tecnológica llevaría a mejoras sucesivas orientadas a aumentar el rendimiento en gasolina, en detrimento de los productos más pesados, con menor demanda y precios más bajos. Igualmente, luego del descubrimiento de la Ley de Chilton, según la cual duplicar la capacidad de planta en las industrias de procesos aumentaba el costo de inversión en sólo 60%, fue fácil esperar una tendencia a obtener tales economías de escala en muchas industrias de ese tipo. Así, la gran mayoría de las innovaciones se producen como un flujo continuo de cambios incrementales a lo largo de direcciones esperadas.

Una innovación radical, por contraste, es la introducción de un producto o proceso realmente nuevo. Tal como observan Freeman[4] y Mensch[5] , debido a la naturaleza auto- contenida de las trayectorias de cambio incremental, es prácticamente imposible que una innovación radical resulte de los esfuerzos por mejorar una tecnología existente. El nylon no pudo surgir de los cambios incrementales de una planta de rayón, ni la energía atómica ser desarrollada a través de una serie de innovaciones en plantas eléctricas alimentadas con combustibles fósiles. Una innovación radical es, por definición, un punto de partida, capaz de servir de inicio a una nueva trayectoria técnica. Aunque las innovaciones radicales son más fácilmente adoptadas cuando la trayectoria anterior está por agotarse, estas pueden introducirse en cualquier momento, acortando bruscamente el ciclo de vida de los productos o procesos que sustituyen. Hay innovaciones radicales que dan nacimiento a toda una industria nueva. La televisión, por ejemplo, no sólo introdujo una industria manufacturera, sino también servicios de programación y transmisión, ampliando, a su vez, el campo de la publicidad. En este sentido, las innovaciones radicales importantes se ubican al centro de las fuerzas básicas que impulsan el crecimiento y el cambio estructural en la economía.
        

  

Nacimiento, desarrollo y agotamiento de una tecnología

La combinación de estos dos conceptos nos permite visualizar la evolución de una tecnología desde la introducción hasta la madurez, como se muestra en la Figura 1. Cada producto radicalmente nuevo es relativamente primitivo cuando recién se introduce. En el período inicial hay mucha experimentación en el producto, en su proceso de producción, en el mercado y entre los primeros usuarios. Gradualmente se establece una posición en el mercado y se identifican las tendencias principales de su trayectoria. De allí en adelante se produce una especie de despegue hacia un período de mejoramientos incrementales acelerados en calidad, eficiencia, efectividad de costos y otras variables, hasta que el proceso encuentra sus límites. En ese punto la tecnología alcanza su madurez. Ha perdido su dinamismo y rentabilidad. Según el tipo de producto, este ciclo puede durar meses, años o décadas; puede involucrar a una sola empresa o a docenas o miles de ellas. Cuando la tecnología se acerca a la madurez, se produce con frecuencia entre las empresas productoras un proceso de concentración, absorción y/o exclusión, que deja en actividad a sólo unos pocos. Al llegar a la madurez es muy probable que el producto sea reemplazado por otro o que la tecnología sea vendida a productores más débiles y con menor costo de factores (tal como pasó con el redespliegue de industrias maduras hacia el Tercer Mundo a fines de los sesenta y en los años setenta).

En consecuencia al prever el rumbo futuro de tecnologías individuales se pisa terreno relativamente sólido y, de hecho, ello es muy común en la práctica cotidiana de ingenieros, gerentes e inversionistas. Para cada producto o proceso individual, la ruta del cambio no es algo sometido al azar. Su destino, a menos que aparezca antes una innovación radical, es alcanzar la madurez y el agotamiento. Hay, pues, momentos de discontinuidad y períodos de continuidad en la evolución de cada tecnología individual.

Esto, por supuesto, no lleva a las ondas largas. Las innovaciones individuales (radicales o incrementales) suceden constantemente en productos y procesos, en diversas industrias y diferentes lugares. Algunas son importantes, otras no; algunas tienen una vida larga, otras una reducida. En realidad, si las tecnologías se desarrollaran aisladas unas de otras, la fase de dinamismo en el ciclo de vida de unas se contrapondría a la de madurez y agotamiento de otras. Pero las tecnologías crecen en sistemas.
           

  

Los sistemas tecnológicos como rutas para la innovación radical

Freeman[6] define los sistemas tecnológicos como constelaciones de innovación, técnica y económicamente relacionadas, que afectan a varias ramas de la producción. Rosenberg [7] describe la manera como algunas innovaciones inducen la aparición de otras. Cambios repentinos e importantes que, por ejemplo, aumentan la velocidad de las máquinas-herramienta, inducen esfuerzos innovativos en aleaciones de corte capaces de resistir temperaturas y velocidades más altas. En general, las trayectorias individuales en un producto, proceso o rama de la industria tienden a encontrar cuellos de botella que se transforman en incentivos para la innovación (incluso radical) en otras industrias. Nelson y Winter [8] identifican tecnologías genéricas cuya trayectoria natural comprende un conjunto completo de innovaciones radicales.

En tecnología petroquímica, por ejemplo, se pueden identificar varios sistemas diferentes pero relacionados: las fibras sintéticas, que han transformado la industria textil y la del vestuario; los plásticos, cuyo impacto múltiple, como materiales estructurales, genera líneas completas de equipos para extrusión, moldeo y corte, y cuya versatilidad transforma la industria del empaque y abre un amplio horizonte de innovación en productos desechables y así sucesivamente.

Desde el punto de vista de un sistema tecnológico, hay cierta lógica que enlaza una serie de innovaciones radicales sucesivas en una trayectoria natural común. Una vez que se ha establecido tal lógica para el sistema, es posible prever una sucesión creciente de nuevos productos y procesos, cada uno de los cuales, tomado individualmente, aparece como una innovación radical, pero que tomado dentro del sistema aparece como un cambio incremental. La serie de productos de consumo durable hechos de metal o plástico y dotados de un motor eléctrico, que comienza con la aspiradora doméstica y la máquina de lavar, sigue con los procesadores de alimentos y las refrigeradoras y se acerca al agotamiento con los abre-latas y los cuchillos eléctricos es un ejemplo, banal si se quiere, de este tipo de lógica en el área de productos. La sucesión de materiales plásticos con las más diversas características, basados en los mismos principios de química orgánica, es un ejemplo en al campo de los productos intermedios con enorme impacto en la generación de innovaciones en las industrias usuarias. La "Revolución Verde", que introdujo crecientes familias de máquinas agrícolas movidas con petróleo, junto con numerosas innovaciones petroquímicas en fertilizantes, herbicidas y pesticidas, es un ejemplo de evolución coherente en la lógica de un sistema productivo.

La amplitud del impacto de un nuevo sistema tecnológico depende de la "amplia adaptabilidad" [9] de las innovaciones que a él contribuyen y de su carácter múltiple. No son sólo tecnológicas. Cada sistema tecnológico agrupa innovaciones técnicas en insumos, productos y procesos e innovaciones gerenciales y administrativas. Más aún, un sistema puede inducir importantes cambios sociales, institucionales y aún políticos. La constelación tecnológica de la " Revolución Verde" llevó a la implantación del monocultivo en terrenos de grandes extensiones e indujo cambios en la organización de la producción y la distribución, así como en la propiedad de la tierra. El automóvil, la línea de montaje, las redes de productores de partes, las estaciones de servicio, la vivienda suburbana y los centros comerciales son sólo parte de la constelación técnica, económica y social construida a nuestro alrededor por el motor de combustión interna.

Pero los sistemas tecnológicos, al igual que las tecnologías individuales, eventualmente agotan su potencial de crecimiento y mejoramiento. Durante un largo tiempo, un sistema tecnológico proporciona oportunidades múltiples y crecientes para innovar e invertir en productos, servicios o insumos. Pero llega un momento en que el sistema pierde dinamismo técnico y de mercado, llega a la madurez, amenaza el crecimiento y la rentabilidad de la mayoría de las empresas del sector y, en consecuencia, estimula la búsqueda de productos radicalmente nuevos que, a su vez, servirán de núcleos para nuevos sistemas tecnológicos.

Así, al nivel de sistemas tecnológicos, nos encontramos con el mismo fenómeno de continuidad y discontinuidad en la evolución. De nuevo, a primera vista no hay razón para esperar que ocurran ondas largas debido a límites en los ciclos de vida de los sistemas tecnológicos. Tal como en el caso de las innovaciones individuales, uno podría imaginar un proceso de compensación de la declinación de unos sistemas por el crecimiento de otros en diversos lugares de la economía. Este sería el caso si los sistemas crecieran en forma aislada, pero los sistemas tecnológicos crecen de manera fuertemente relacionada entre ellos mismos y con el ambiente económico, cultural e institucional que comparten.
              

 

Un proceso auto-reforzado de crecimiento y agotamiento

Las consecuencias del agotamiento de un sistema no son manejables de manera tan simple como las del agotamiento de un producto. Cuando un sistema llega a la madurez y pierde dinamismo, no sólo deben adaptarse al cambio las empresas productoras, sino que también deben hacerlo todo el medio social e institucional y los arreglos que se fueron instalando alrededor de tal sistema. Por supuesto que el proceso de sustitución no es una erradicación, sino un lento y doloroso cambio entre las proporciones de lo nuevo en relación con lo viejo. Sin embargo, el resultado final es un cambio radical de las estructuras involucradas. Tal fue el caso cuando los ferrocarriles y los barcos de carga fueron gradualmente reemplazados por camiones y aeroplanos, cuando los materiales naturales fueron sustituidos por sintéticos, o cuando el reino de la radio fue reemplazado por el de la televisión o, más recientemente cuando los discos de pasta fueron desplazados por los compactos de lectura óptica (CDs). Cada uno, desde los productores hasta los consumidores, debió de un modo u otro adaptarse a estos cambios, lo que usualmente ha implicado un reajuste en las posiciones relativas de los actores (incluso la desaparición de algunos y la llegada de otros nuevos) junto con cambios en las reglas de juego. Es por todo esto que, sólo visualizando las tecnologías individuales dentro de sistemas tecnológicos, comenzamos a entender el complejo conjunto de interacciones que tiene lugar mientras la tecnología se difunde y las dificultades sociales que son generadas por las discontinuidades en el cambio técnico.

El despliegue de cada sistema tecnológico envuelve varios procesos interconectados de cambio y adaptación:

  • El desarrollo de la red de servicios de apoyo (infraestructura necesaria, proveedores especializados, distribuidores, servicios de mantenimiento, etc.);
  • La adaptación "cultural" a la lógica del sistema y de las tecnologías interrelacionas, (entre los ingenieros, gerentes, personal de ventas y servicio, consumidores, etc.); y
  • La instalación y puesta en marcha de los "facilitadores" institucionales (normas y regulaciones, educación, entrenamiento especializado, etc.)

Por supuesto que esta adaptación del ambiente económico, cultural e institucional a los requerimientos de los sistemas tecnológicos no es pasiva. La sociedad, a su vez, moldea y orienta el desarrollo de los sistemas tecnológicos, incluyendo casos como la energía nuclear donde la resistencia ha sido particularmente notoria. Para nuestros propósitos, sin embargo, interesa destacar un fenómeno de vastas consecuencias: El ambiente social se convierte en un poderoso mecanismo de selección para la inclusión o exclusión de innovaciones, de tal modo que es cada vez más fácil invertir en productos y servicios que pertenecen al sistema y cada vez más difícil e incómodo invertir en innovaciones no relacionadas con él.

La adaptación social que se produce alrededor de un sistema tecnológico particular genera condiciones fuertemente favorecedoras de las innovaciones compatibles o aceptables con ese sistema. De hecho lo que se proporciona es una externalidad positiva, una ventaja gratuita y ya instalada para introducir al mínimo costo producto tras producto de una misma serie. Cuando ya todas las casas tienen electricidad, se pueden poner en el mercado tantos artefactos electro-domésticos como se puedan inventar. Una vez que todos los auto- mercados y todas las casas tienen congeladores, uno puede innovar todo lo que quiera en el campo de los alimentos congelados. Después que las maquinarias textiles operan adecuadamente con fibras sintéticas, pueden introducirse más y más variedades de tales fibras. Brian Arthur[10] ha mostrado cómo este fenómeno de inclusión-exclusión ("locking –in") opera aún al nivel de modelos entre tecnologías competitivas para un producto en particular. El triunfo del VHS y la exclusión gradual de la tecnología BETA en videocassettes (aunque muchos expertos opinan que el segundo sistema era el mejor de los dos) es un ejemplo reciente de cómo ciertas condiciones del mercado que favorecen la difusión temprana de un producto o tecnología, en detrimento de otras opciones, pueden resultar en un sesgo definitivo.

Así, el desarrollo de un sistema produce externalidades que facilitan las innovaciones radicales a lo largo de trayectorias generales ya establecidas o son capaces de crear nuevas trayectorias relacionadas. Esto se debe, entre otras cosas, a que esas externalidades reducen significativamente los costos de introducción de innovaciones y de captación de consumidores, los cuales a menudo son los costos más altos y difíciles de recuperar.

Las consecuencias de este fenómeno son dobles. Por un lado, muchas innovaciones potenciales son, o bien excluidas, o bien sometidas a la lógica predominante, con lo cual se dejan de aprovechar algunos de sus usos más radicales. Por ejemplo, cuando aparecieron los transistores, se utilizaron para construir radios y otros aparatos eléctricos pequeños y portátiles. Los primeros chips integrados, en los años sesenta, se usaron en aparatos para facilitar la audición y en un par de aplicaciones militares menores. La idea de usarlos para computación estaba allí, pero las condiciones económicas y de mercado para esta aplicación, de tanto mayor alcance, todavía no existían. De hecho, los sistemas establecidos llevan a una especie de ceguera selectiva que afecta incluso a los ingenieros y empresarios con mayor visión de futuro. El propio Siemens, en los primeros tiempos de la electricidad, pensó que instalarla en cada casa era una utopía y T. J. Watson, el jefe de IBM cuando la empresa produjo los primeros computadores, pensó que el mercado mundial quedaría cubierto con unas pocas de tales máquinas.

La otra consecuencia de estas externalidades más y más poderosas es que, cuanto más desarrollado sea un sistema, más corto será el ciclo de vida de cada innovación radical dentro de su trayectoria. El ciclo de vida de las innovaciones radicales que se presentan en las etapas finales del desarrollo de un sistema es generalmente mucho más corto que el de aquellos que aparecieron más temprano. Por supuesto que esto se debe en parte a que las innovaciones mayores son generalmente las mismas que dieron nacimiento al sistema, mientras que las finales tienden a ser complementarias. Pero también se debe al hecho de que, una vez establecidas la redes de proveedores y distribución, estandarizadas las rutinas de producción y habituados los usuarios, toma muy poco tiempo realizar la serie de innovaciones incrementales y alcanzar la saturación del mercado y el ritmo "vegetativo" de crecimiento. Tomó décadas el lograr que cada casa tuviera una cocina eléctrica o a gas, un refrigerador y una máquina de lavar, pero hicieron falta sólo unos pocos años para llegar a la mayoría de los consumidores potenciales de abre-latas y cuchillos eléctricos.

De este modo, el tejido de adaptaciones mutuas entre los sistemas tecnológicos y el ambiente económico, cultural e institucional, tiende a que toda la estructura se auto- refuerce, tanto en su desarrollo como en su agotamiento, en sus mecanismos de inclusión y de exclusión. El problema surge cuando las empresas que operan en un sistema que llega a la madurez tienen que enfrentar una seria amenaza a su crecimiento, a su rentabilidad, e incluso a su sobrevivencia.
    

 

Las revoluciones tecnológicas como rejuvenecimiento de todos los sistemas

Al comienzo de la década de los setenta, existía un amplio consenso (y temor) de que la industria del automóvil había llegado a la madurez. Sus mercados habían perdido dinamismo y crecían, si acaso, en forma extremadamente lenta, los inventarios se acumulaban, la productividad estaba estancada y las utilidades amenazadas. Muchos expertos consideraban que el automóvil se había transformado en un producto básico ("commodity") cuyo futuro estaba sólo en una completa estandarización que llegaría al "automóvil mundial". Los motores se producirían en un país, las cajas de cambio en otro, las carrocerías en el siguiente, y así sucesivamente, buscando aumentar la productividad maximizando las economías de escala. Esta era la forma cómo la mentalidad de la época imaginaba hacer frente a la madurez de ese sistema tecnológico.

Muy pocos previeron lo que realmente sucedió. La industria japonesa desarrolló una manera totalmente distinta de organizar la producción y los mercados, la cual al comienzo amenazó con dominar la industria mundial del automóvil. En lugar de eso, el nuevo modelo organizativo llevó al rediseño de todas las empresas y de sus formas de inserción, competencia e inter-relación. Por último, mediante una dinámica combinación del nuevo estilo gerencial con el uso de la informática en los procesos y productos, en la administración y los mercados, la industria fue completamente renovada y colocada en una nueva y dinámica trayectoria de innovación incremental11] .

Así pues, la madurez no termina inevitablemente en la marginación de un sistema tecnológico, ni es siempre necesario que aparezca un producto radicalmente nuevo para reemplazar al producto clave del sistema que ha madurado. Ambas cosas son posibles y a veces suceden las dos. Sin embargo lo más probable, especialmente en tiempos como los años setenta, cuando muchos sistemas inter-relacionados estaban llegando a la madurez mas o menos simultáneamente, es que la solución común aparezca bajo la forma de una revolución tecnológica. Lo que sucede entonces es la difusión de un nuevo conjunto de tecnologías genéricas, capaz de transformar y rejuvenecer a prácticamente todas las industrias existentes, junto con la creación de un grupo de nuevas industrias dinámicas en el centro de sistemas tecnológicos radicalmente nuevos. Estas son las revoluciones tecnológicas descritas por Schumpeter [12] como "huracanes de destrucción creadora". Es su aparición cada cincuenta o sesenta años más o menos, lo que origina las llamadas ondas largas en el crecimiento económico.

Schumpeter y muchos otros después de él [13] han enfatizado la poderosa naturaleza dinámica de cada una de esas grandes olas de nuevas tecnologías, así como su capacidad para modificar profundamente el mundo circundante. La sociedad ha reconocido su importancia estructural al referirse a los períodos cuando se han producido esos enormes cambios técnicos como la Revolución Industrial, la Era del Ferrocarril, la Edad de la Electricidad y la Edad del Automóvil. Las industrias en el centro de estas revoluciones llegaron a ser realmente las propulsoras del crecimiento durante un período considerable de tiempo. También impulsaron la proliferación de nuevas industrias y servicios complementarios a la producción y el uso de los nuevos productos, de un modo similar a lo que más arriba señalamos con respecto a los sistemas tecnológicos de mayor importancia.

Sin embargo, lo que aquí sugerimos es que hacen mucho más que eso. Las Revoluciones tecnológicas cambian los criterios de "sentido común" para la ingeniería y los negocios a todo lo largo y ancho del espectro. De hecho, y a nuestro parecer, cada revolución tecnológica merece ese nombre no sólo por las nuevas industrias que anuncia y las nuevas posibilidades técnicas que abre, sino también, y quizás principalmente, porque modifica radicalmente "la frontera de óptima práctica" para todos los sectores de la economía.
       

Cada una de estas revoluciones es, de hecho, una constelación de sistemas tecnológicos con una dinámica común, incluyendo un conjunto de tecnologías genéricas de muy amplio campo de aplicación. Su difusión, a todo lo largo y ancho de la esfera productiva tiende a abarcar casi toda la economía y termina transformando los modos de producir, las maneras de vivir y la geografía económica del mundo entero.

Tales revoluciones, dado su carácter ubicuo, generan cambios masivos y fundamentales en el comportamiento de los agentes económicos. Cabe preguntarse qué tipo de mecanismo sería capaz de servir de guía a un cambio de tal envergadura.
       

 
NOTAS:
[1] SCHUMPETER, 1939    (back to text)
[2] NELSON and WINTER, 1977    (back to text)
[3] DOSI, 1982    (back to text)
[4] FREEMAN, 1984    (back to text)
[5] MENSCH, 1975    (back to text)
[6] FREEMAN, CLARK AND SOETE, 1982    (back to text)
[7] ROSENBERG,1975    (back to text)
[8] NELSON and WINTER, 1982   (back to text)
[9] KEIRSTEAD, 1948   (back to text)
[10] ARTHUR, 1988   (back to text)
[11] ALTSHULER et al., 1990   (back to text)
[12] SCHUMPETER,1939    (back to text)
[13] LANDES, 1969   (back to text)