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Durante
el período de industrialización por sustitución
de importaciones, la tecnología era una mercancía
que se compraba a quienes la habían desarrollado y utilizado
por muchos años y la política tecnológica
adecuada era una política de regulación del comercio
de tecnología. Esto era sin duda así para el mundo
de la producción, aunque desde el mundo especializado de
la ciencia y la tecnología costara mucho aceptarlo. En
la práctica, todo el conocimiento necesario para operar
tecnologías maduras y optimizadas se obtenía afuera.
En estas circunstancias no había razón para que
se generaran demandas hacia la capacidad tecnológica local.
La adquisición de los diversos componentes -diseño
de planta, ingeniería del producto, entrenamiento, licencias,
"know-how", manuales de operación, asistencia
técnica, mejoras, etc.- era objeto de contratación
con los proveedores de origen.
Esta
actitud estrictamente comercial y pasiva hacia la tecnología
se veía fuertemente reforzada por el carácter exógeno
de los determinantes de la rentabilidad en ese particular modelo
de industrialización. El nivel de ganancias de una empresa
no estaba asociado a su competitividad, su productividad o la
calidad de sus productos; dadas las condiciones de protección
y subsidios, las decisiones arancelarias, fiscales, etc. tenían
un impacto decisivo sobre el desempeño económico
de la empresa. Este contexto regulatorio fue aptamente denominado
"instrumental de políticas tecnológicas implícitas"
en el proyecto STPI desarrollado en los años setenta[1]
.
Esto
significa que la tan lamentada falta de "puente" entre
la capacidad local de generación de ciencia y tecnología
era consustancial con el modelo de industrialización adoptado;
no había en el aparato productivo ni necesidad de formular
demandas hacia la tecnología local, ni capacidad para asimilar
la posible oferta de innovaciones provenientes de ésta[2].
Las
nuevas circunstancias inducen a cambiar radicalmente esta situación.
Hoy la tecnología deja de ser una variable más a
tomar en cuenta y se incorpora como herramienta estratégica
fundamental, tanto a nivel de cada empresa como a nivel del país
en su conjunto. Esto se debe a dos razones básicas, una
de carácter temporal y la otra de carácter permanente.
La primera es el hecho de estar atravesando un período
de transición tecnológica; la segunda el hecho de
que el patrón tecnológico emergente es intensivo
en tecnología.
En
lo inmediato, el objetivo de pasar del mundo cerrado de la industrialización
protegida al mundo abierto de la competitividad internacional
conlleva una profunda reestructuración del aparato productivo.
La tecnología es el instrumento más efectivo para
realizar con éxito esa transformación. En las transiciones
está disponible un conjunto de tecnologías genéricas
-tanto de equipamiento como gerenciales y organizativas- con las
cuales modernizar, racionalizar y revitalizar el parque productivo
instalado. Es esa disponibilidad relativa lo que abre en cada
período de transición una ventana de oportunidad
para dar un salto en el desarrollo[3].
En
esta ocasión, sin embargo, la tecnología está
llamada a mantener su papel de herramienta estratégica
fundamental aún después de la transición.
La tecnología ocupa un lugar central en el nuevo modelo
gerencial. La competencia es cada vez más global y más
basada en ventajas dinámicas asociadas al dominio tecnológico.
Gracias a las tecnologías computarizadas se han facilitado
y acelerado los procesos de innovación lo cual se refleja
en la naturaleza cambiante de los mercados y en su creciente segmentación.
La gerencia moderna busca adaptarse a esas condiciones dinámicas
a través de un equipamiento cada vez menos rígido
pero sobre todo con base en una organización flexible orientada
al dominio creciente de la tecnología y apoyada en un personal
cada vez más calificado y capaz de empeñarse en
la mejora continua de productos y procesos.
No
es por capricho o por moda que la palabra "competitividad"
es la que se utiliza ahora donde antes se habría dicho
"productividad". Ser eficiente en el uso de los recursos
es sólo un aspecto de la competitividad. Además
de tener alta productividad y poder compartir en precios, la empresa
moderna compite en términos de capacidad para adaptarse
a los requerimientos de diversos usuarios, para brindar múltiples
servicios asociados a los productos, para cumplir con exigentes
plazos de entrega y para alcanzar altísimos niveles de
calidad .
En
esas nuevas condiciones el dominio tecnológico local, dentro
de la empresa y en su entorno cercano, es absolutamente vital.
Por ello cobra gran importancia el conjunto de recursos humanos
e institucionales desarrollado en cada país latinoamericano
dentro del tradicional Sistema Científico-Tecnológico
Nacional. Después de haber crecido en aislamiento relativo,
éste representa hoy un reservorio invalorable de apoyo
para la transformación del aparato productivo en lo inmediato
y para su sobrevivencia y crecimiento en el mediano plazo. Volcar
toda esa capacidad hacia la tarea de la modernización es
el sentido que debería tener en nuestra opinión
la política tecnológica en la actualidad. Pero esto
requiere encontrar un lenguaje común y una forma conjunta
de actuar entre dos mundos hasta ahora separados: el mundo de
la empresa y el mundo de la ciencia y la tecnología.
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