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Como
se habrá podido apreciar, el conjunto de acciones identificadas
arriba para impulsar la reestructuración productiva y para
acrecentar y mantener la capacidad competitiva podría conformar
una política de desarrollo. Sin embargo, es tal el peso
que tiene en ese conjunto la tecnología -tanto en el sentido
lato como en el más restringido- que un amplísimo
segmento del conjunto podría integrarse bajo el paraguas
de la política tecnológica. En el fondo lo que ocurre
es que, dada la importancia central que cobra la tecnología
como instrumento para alcanzar la competitividad, no es posible
separar la política tecnológica de la estrategia
de desarrollo.
¿Qué
puede significar esto desde el punto de vista institucional? ¿Cuál
es el organismo público que debe o puede dirigir, coordinar,
planificar y hacer el seguimiento de esta gama tan variada de
servicios al aparato productivo? La respuesta es: ninguno. Ni
un super-ministerio del desarrollo, ni un super-ministerio de
tecnología, ni un organismo de alto nivel con representantes
de todos los sectores involucrados puede aspirar a ser eficiente
dirigiendo una tal variedad de acciones y una red tan vasta de
actores.
Una
forma de abordar la integración de estas políticas
es pensando en términos de una política nacional
de competitividad e innovación, sirviéndose de la
acepción más amplia del concepto de "Sistema
Nacional de Innovación" introducido por Lundvall y
Freeman[41].
A
pesar de su utilización creciente en medios académicos
[42]
y de su gradual introducción en los medios de la política
tecnológica, no existe consenso en cuanto a una definición
del sistema nacional de innovación. Hay dos sentidos en
uso: uno restringido y uno amplio.
En
el sentido más estrecho, el Sistema Nacional de Innovación
coincide esencialmente con lo que en América Latina hemos
denominado Sistema Científico Tecnológico, colocado
en muchos casos bajo un Ministro de Ciencia y Tecnología.
La justificación del cambio de nombre es el uso del término
"innovación", es decir, la introducción
comercial de progreso técnico, en contraste con las formas
más académicas de la ciencia y la tecnología.
Esto sirve para indicar que las instituciones públicas
se reorientarán a apoyar al sector productivo, es decir,
la introducción comercial de progreso técnico. Pero
esa acepción es demasiado restringida y no satisface los
propósitos integradores que buscamos. También minimiza
la importancia independiente de la institucionalidad científica.
En
el sentido más amplio, el Sistema Nacional de Innovación
se entiende como todo aquello que afecta la capacidad innovativa,
la actitud innovativa y las posibilidades de innovar en un espacio
nacional. Esta concepción se emparenta con la visión
amplia de la tecnología discutida arriba y nos permite
englobar a todos los actores y todos los espacios relacionados
con el progreso técnico en el aparato productivo, al mismo
tiempo que la distingue del mundo académico y científico.
De
hecho, Lundvall y sus colegas introdujeron el concepto como consecuencia
de descubrir que la innovación era un proceso interactivo.
Escogieron el término "sistema" para referirse
a la red de vínculos de cooperación entre usuarios
y productores que pasa por la búsqueda conjunta del aprendizaje
mutuo [43]
y culmina en avances tecnológicos determinados y en la
creciente capacidad de todo el conjunto para identificar posibilidades
de innovación y realizarlas. Ya Nathan Rosenberg había
señalado el papel de las relaciones entre proveedores y
usuarios en impulsar la superación de sucesivos desbalances
y cuellos de botella tecnológicos, resultando en secuencias
de innovaciones complementarias e incrementales[44].
Este comportamiento interactivo, comprobado históricamente,
se ha estado intensificando en los últimos tiempos al difundirse
las prácticas modernas de cooperación tecnológica:
las alianzas estratégicas, los acuerdos de complementación
técnica, el modelo japonés de desarrollo de proveedores,
los consorcios de investigación, las nuevas relaciones
universidad-industria, la colaboración técnica con
el usuario, etc.
La
calidad, la frecuencia y la intensidad que puedan tener este tipo
de interacciones en un espacio económico, junto con cuán
denso sea el tejido de calificaciones, determinan hasta qué
punto puede cada empresa o cada institución concentrarse
en su área de especialización estratégica.
La posibilidad real de interactuar y complementarse con las otras
empresas o instituciones del entorno es lo que permitirá
a cada una desplegar al máximo su propio potencial tecnológico
especializado e incrementar su competitividad en el mercado. A
su vez, la capacidad de respuesta de instituciones como las educativas
y las de investigación está en parte determinada
por la calidad y variedad de la interacción con el aparato
productivo y de la especificidad y rigor de sus exigencias.
Visto
así, este "sistema" es mucho más como
un sistema ecológico, donde lo importante son las interrelaciones
en un conjunto armónico de múltiples participantes.
Entendido de esta manera, puede decirse que todo país tiene
un sistema nacional de innovación lo que podríamos
llamar un "ambiente territorial para la innovatividad",
sólo que unos son pésimos y otros excelentes. En
unos se da fácilmente la cooperación, en otros hay
grandes resistencias; en unos hay canales de comunicación
entre los diversos actores, en otros la práctica común
son los compartimientos estancos; en unos el mundo educativo se
comunica con el mundo de la producción para conocer sus
necesidades y actualizarse constantemente, en otros los dos mundos
se observan de lejos; en unos el sistema financiero se involucra
en los proyectos concretos, los aspectos técnicos del mercado
y las estrategias de largo plazo de sus clientes, en otros sólo
se ocupa de mirar estados financieros y estimar tasas de retorno
en el corto plazo; en unos los ingenieros o gerentes de la industria
dan clases en la universidad y los profesores investigan en los
laboratorios de las plantas industriales, en otros las puertas
están cerradas en ambos lados para este tipo de colaboración
cotidiana.
La
tarea entonces no sería "montar" un sistema de
innovación, como puede ser el caso con el Sistema de Ciencia
y Tecnología o el Sistema Educativo. Es más, para
evitar confusiones, quizás sería preferible -en
lugar de hablar de "sistema"- referirse a una "red"
nacional de innovación. El objetivo sería mejorar,
fortalecer y dinamizar los vínculos en la red existente.
En
la práctica, eso implica actuar desde todos los ámbitos
de la política de desarrollo, desde todas las instituciones
y desde todas las empresas para multiplicar las interconexiones,
hibridizar competencias, establecer canales de información
mutua, incrementar las comunicaciones directas e informales, crear
oportunidades de colaboración alrededor de problemas específicos,
en fin, derribar barreras, abrir compuertas y estimular la acción
conjunta en todos los puntos posibles. Debe quedar claro que todo
esto sólo es lograble en la medida en que los actores vayan
descubriendo que la cooperación los beneficia de manera
concreta. Sólo la comprobación gradual del interés
mutuo en participar en juegos de suma positiva puede crear vínculos
de confianza que perduren y se fortalezcan.
Pero
hay otro aspecto importante de estas redes de innovación.
Al usar el adjetivo "nacional", el grupo de Aalborg
quería enfatizar el sesgo de especialización que
tiene cada sistema de innovación por el hecho de estar
en un país concreto. En Islandia el sistema de innovación
es infinitamente superior en el área de pesca que en lo
que se refiere a otras tecnologías no asociadas a su experiencia
y capacidad productiva. El ejemplo de Dinamarca, que sirve de
punto de partida para el desarrollo de estas ideas, muestra como
la especialización en productos lácteos fue acumulando
experiencia específica, desde el nivel del trabajador más
sencillo hasta el del tecnólogo más calificado,
pasando por ingenieros, empresarios y gerentes en las empresas
de productos finales y en las de sus proveedores. Esto fue haciendo
cada vez más fácil avanzar por una ruta de creciente
sofisticación tecnológica en todos los puntos de
la red de interacción y a todo lo largo de la cadena de
transformación. Es lógico suponer que la acumulación
de experiencia en un área productiva específica
eleve la capacidad de interacción innovativa, permitiendo
a los diversos actores especificar necesidades tecnológicas,
participar en su solución y evaluar su efectividad. Esto
coincide plenamente con las constataciones de Porter en cuanto
a las fuentes de las "ventajas competitivas de las naciones"[45].
Esto
significa que el sistema o red de innovación de un país
está anclado en un espacio geográfico, económico
y social específico. Además de definirse por el
nivel de capacidad para interactuar e innovar, el sistema se distingue
por tener áreas de mayor dinamismo potencial en función
de las fuentes de experiencia aprovechables, surgidas de la tradición
y la especialización productiva. Este sesgo, tiende a coincidir
con las áreas de ventajas comparativas -tanto estáticas
como dinámicas- de cada país, con lo cual indica
también posibles caminos de especialización estratégica.
Las decisiones de los actores en el sector productivo, las políticas
públicas y la capacidad de concertación entre ambos
determinarán si este sesgo se sabe aprovechar al máximo
en el proceso de reestructuración en los países
de América Latina.
En
resumen, la creación de un ambiente de innovación
permanente a lo largo y ancho del tejido social, fortaleciendo
los ejes de desarrollo de ventajas comparativas dinámicas,
sería la base para impulsar la transformación productiva
y aprovechar las nuevas oportunidades que ofrece un paradigma
basado en la mejora continua y la intensidad tecnológica.
Sirviéndonos
entonces de esta visión podemos retomar la cuestión
institucional. Reconocer que el fortalecimiento del sistema o
red nacional de innovación es probablemente uno de los
medios más eficaces para acrecentar el potencial competitivo
del espacio nacional tiene una consecuencia práctica: el
acento en las políticas de desarrollo y en las políticas
tecnológicas ha de ser PROMOVER LA INTERACCION INNOVATIVA.
Este
lineamiento sirve para guiar la acción de cualquier organismo,
de cualquier gobierno local y de cualquier institución,
sin necesidad de una coordinación central única.
Al igual que en el nuevo modelo de gerencia, la coherencia de
millares de decisiones y acciones tomadas por unidades semi-autónomas
resulta de la definición de un rumbo estratégico
común y del establecimiento de criterios compartidos. Es
más, cada proceso de interacción tiene que producirse
alrededor de un propósito específico, sea éste
amplio como el desarrollo concertado de una cadena productiva
o zona geográfica o más focalizado como la solución
de un problema técnico, un problema social o un problema
de mercado. Dado que cada proceso exige la confluencia de actores
directos, con competencias específicas, procedentes de
diversos organismos, instituciones, grupos o empresas, la coordinación
se va produciendo en el sitio donde hace falta: en el lugar de
los hechos.
No
obstante, en última instancia, el desarrollo y el crecimiento
van a depender de cuán exitosamente se desencadenen la
iniciativa, la creatividad y la disposición a la inversión
y al riesgo en el sector productivo mismo. Ninguna cantidad de
esfuerzos del sector público por fomentar la interacción
innovativa puede superar la falta de un ambiente facilitador,
de un marco regulatorio apropiado, con reglas claras y estables
y un ambiente macroeconómico favorable. Analizar el marco
existente, limpiarlo de trabas y llenarlo de estímulos,
es una irrenunciable tarea del Estado, para crear un clima propicio
a la inversión y a la búsqueda de la competitividad.
Pero,
detenerse allí es claramente insuficiente. La importancia
que cobra el dominio tecnológico para la sobrevivencia
de la empresa y el hecho de que la competitividad sea estructural
y sistémica coloca sobre el Estado, como representante
de la sociedad, una enorme responsabilidad. Saber ejercerla sin
los vicios del pasado no es tarea fácil. Por lo que aquí
hemos discutido, la complejidad de la tarea y el sinnúmero
de obstáculos a remontar requiere del sector público
desplegar una intensa actividad. No para planificar, dirigir y
controlar, porque eso ahoga la creatividad de los actores, sino
para ejercer un verdadero liderazgo y promover el desarrollo de
esa creatividad.
El
Estado que guiará los procesos exitosos de desarrollo en
esta nueva fase será necesariamente distinto del que presidió
sobre el proceso de industrialización por sustitución
de importaciones. Sin embargo, más que cambios en la estructura,
lo esencial es la modificación profunda en los modos de
funcionamiento y los patrones de comportamiento de los funcionarios;
un reaprendizaje de roles y una reorientación de las funciones
y los objetivos. Es a partir de los muchos experimentos -errados
o exitosos- en el esfuerzo por diseñar esa nueva manera
de actuar, como se irán decantando las políticas
y medios efectivos e identificando las estructuras y organismos
adecuados.
Este
no es un proceso fácil. Si la destrucción creadora
en el aparato productivo enfrenta resistencias, la destrucción
creadora en el campo de las instituciones, en particular las del
Estado, produce grandes choques sociales, culturales y políticos.
Ese rechazo y esa inercia, aparte de la dificultad inherente a
la innovación organizativa, están anclados en hábitos
y en intereses creados. En la particular situación latinoamericana,
la estéril dicotomía entre libre mercado y estatismo
ha impedido desarrollar un amplio debate sobre el carácter
de la transición actual y sobre la forma específica
que debe tomar la acción del Estado para apoyar la reestructuración
necesaria[46].
Las reflexiones que aquí hemos presentado desean ser una
contribución concreta para alimentar esa discusión.
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