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Una
revolución tecnológica no es simplemente un conjunto
de nuevas técnicas, ni de nuevos productos y procesos,
por muy poderosos e impresionantes que parezcan. Se trata de una
creciente constelación de innovaciones interdependientes
en lo técnico, lo organizativo, lo gerencial y lo social.
Es precisamente porque todo lo penetra, porque va mucho más
allá del grupo inicial de nuevas industrias, provocando
un tremendo cambio a lo largo de todas las demás actividades
por lo que merece el nombre de "revolución".
A medida que las tecnologías nuevas se propagan, comienza
a tomar forma una nueva "lógica" en la mente
de los ingenieros y empresarios, de los gerentes e inversionistas,
que resulta aplicable a otras industrias y actividades, a otros
productos y procesos. Es esta condición omnipenetrante
lo que hace que las revoluciones tecnológicas sean tan
poderosas y destructoras.
Pero
el proceso es lento y lleno de obstáculos. La difusión
de un cambio tan profundo no es ni fácil ni sencilla. El
nuevo paradigma debe abrirse paso en un mundo sólidamente
moldeado por su predecesor. Después de décadas de
aplicación generalizada, los principios de eficiencia de
un paradigma están hasta tal punto organizados en la mente
de los gerentes y en sus destrezas y tan enclavados en el medio
empresarial que aparecen como el "sentido común"
universal y eterno. El desarrollo del turismo de masas en la década
de sesenta, con su empleo de aviones, hoteles y autobuses enteros,
para abaratar los viajes por el mundo y hacerlos accesibles a
millones de personas, se logró aplicando los mismos principios
de producción en masa usados por Henry Ford cinco décadas
antes, para fabricar automóviles estandarizados baratos.
Y esos mismos principios fueron aplicados con éxito a la
fabricación de series interminables de artefactos eléctricos
para el hogar, a sucesivas familias de materiales sintéticos
y de productos hechos con ellos, a detergentes y artículos
farmacéuticos, a productos alimenticios enlatados, secos
o congelados, así como a los fertilizantes y pesticidas
de la "revolución verde". Pero al mundo en el
que Henry Ford introdujo su revolucionario modelo-T le costaba
creer su promesa de que los automóviles serían tan
baratos que hasta los obreros que los fabricaban podrían
comprarlos.
Hoy,
amaneciendo el siglo XXI, después de más de veinte
años de difusión de la revolución informática
y del modelo gerencial flexible, es cuando los consumidores comienzan
a acostumbrarse no sólo a la presencia creciente de computadores
y controles remotos, cajeros automáticos, faxes e Internet,
sino también a la extrema variedad de elección en
productos y servicios. Hoy a la gente le parece normal poder seleccionar
entre un amplio espectro de materiales (naturales, sintéticos,
mixtos o reciclados); escoger entre alimentos orgánicos
o genéticamente modificados y encontrar en el supermercado
local un queso especialísimo que sólo se fabrica
en una remota aldea italiana. Las grandes empresas están
aprendiendo a achatar sus tradicionales pirámides jerárquicas
y a transformarlas en redes planas; a cooperar con sus proveedores,
sus clientes, e incluso sus competidores; a entrenar y reentrenar
un núcleo de trabajadores con múltiples destrezas,
dándoles condiciones adecuadas y recompensas suficientes
como para estimular las actitudes innovativas que permitan la
mejora continua de productos y procesos, para poder apuntar con
éxito a segmentos cada vez más sofisticados del
mercado. A su vez, las empresas pequeñas están formando
redes de cooperación para alcanzar economías de
escala en mercadeo, preparación del personal, investigación
y otras actividades, con ello salen a descubrir las posibilidades
de los mercados de exportación y se aventuran en alianzas
con empresas complementarias o en contratos de largo plazo para
suplir a empresas grandes.
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