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La
democracia keynesiana no fue el único "modelo"
exitoso. Hubo en el mundo otros sistemas socio-institucionales,
que aún antes de la guerra, habían alcanzado asombrosas
tasas de crecimiento con el paradigma de la producción
en masa. Desde comienzos de los años treinta el fascismo
logró un despegue económico montando sistemas de
producción en masa de armas, tanques y automóviles
y posteriormente sistemas de destrucción en masa, en las
cámaras de gas. Y ya mucho antes, desde l917, la Revolución
Soviética había comenzado a arrancar a Rusia del
subdesarrollo mediante una economía centralmente planificada,
usando, como señaló su fundador, el "taylorismo"
(concepto nuclear de la organización para la producción
en masa), la electrificación (insumo-clave para las tecnologías
de ese paradigma) y el sistema Soviético de gobierno.
Esto
muestra que, en términos de organización socio-política,
el espacio de lo viable para aprovechar el potencial de crecimiento
que ofrece un paradigma es sumamente amplio. En la transición
a la producción en masa se articularon cuatro modos de
crecimiento profundamente distintos, con enorme variedad dentro
de cada uno: la democracia keynesiana, el fascismo, el socialismo
soviético y el "desarrollismo de Estado," término
con el que podemos designar los muchos modos estatistas de desarrollo
que se establecieron en el Tercer Mundo. Hoy, aparte del fascismo,
que afortunadamente había sido derrotado muy temprano,
todos estos modelos o están en crisis de legitimidad o
han sido desmantelados.
Lo
que es interesante notar es que, no obstante sus grandes diferencias
de fondo, estos sistemas comparten ciertas características
"morfológicas" que surgen precisamente del hecho
de que el mismo paradigma de producción en masa es la "lógica"
que guía las actividades de producción de riqueza
en la esfera productiva. Entre esas características compartidas
se podrían mencionar:
- El
rol crucial del Estado central, interviniendo activamente en
la economía, sea mediante control directo o mediante
mecanismos más indirectos;
- La
erección del Estado como principal agente de la redistribución
de riqueza, vista ésta como la forma prevaleciente de
justicia social;
- La
búsqueda de la "homogeneidad" en los estilos
de consumo dentro del Estado-Nación, incluyendo un esfuerzo
para minimizar (y hasta reprimir) las diferencias internas de
nacionalidad, religión, lengua, etc.;
- La
representación central de las provincias, generalmente
mediante alguna forma de elección directa;
- El
carácter "de masas" de los partidos políticos
y otras asociaciones, con una cúpula central y una base
"masiva;"
- Gobiernos
estables dirigidos por uno o dos partidos políticos principales
(con algunas excepciones generalmente en el Tercer Mundo) y
- La
separación entre la dirección política
y la administración "técnica"(incluyendo
medidas para dar un cierto grado de continuidad a esta última).
El
fenómeno interesante es que estas similitudes sólo
se han hecho claramente visibles por contraste con los nuevos
principios de descentralización y el cuestionamiento creciente
del antes aceptado rol omnipresente del Estado. Además,
hoy resulta fácil percibir el parecido entre las "formas"
típicas de las grandes corporaciones tradicionales y las
de otras organizaciones de función muy distinta, como hospitales,
universidades, ministerios y gobiernos en general. A medida que
las firmas han comenzado a cambiar sus pirámides estáticas
por redes dinámicas más abiertas y globalizadas,
también otras estructuras burocráticas se han puesto
a cuestionar la eficacia de su propia forma de organización
y a experimentar con los mismos principios y prácticas
que están probando su efectividad en el mundo empresarial.
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