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El
presente período está, pues, lleno de grandes retos.
Las épocas de cambio de paradigma son los tiempos en que
la sociedad enfrenta, al mismo tiempo, los mayores riesgos y las
mayores oportunidades para crear un mundo mejor. Por una parte,
hay creciente probabilidad de colapsos financieros, de guerras,
crímenes y conflictos producto de la injusticia y el empobrecimiento
externo, de surgimiento de nuevas formas de fascismo y del crecimiento
del poder de las mafias que medran en toda situación de
caos. Por otra parte, existe una asombrosa capacidad para la creación
de riqueza que, si fuera manejada con inteligencia, podría
llevar al mundo a un nivel de prosperidad difícil de imaginar.
Todo depende de la manera específica como el marco socio-institucional
se reacople con el potencial de la esfera tecno-económica.
Es
obvio que la cuestión del cambio institucional y social
es un asunto político. Las ideologías y los intereses
creados tiene gran influencia para determinar cuáles caminos,
del amplísimo campo de lo viable, serán los recorridos
después de cada transición. Los experimentos, exitosos
o fallidos, pueden actuar sobre la dirección del cambio.
El nivel de consenso político, de confusión o de
conflicto, influye grandemente tanto en la rapidez como en la
facilidad con que el nuevo modo de crecimiento se establece.
Además,
durante las transiciones, la usual confrontación entre
"izquierda" y "derecha", entre posiciones
"solidarias" e "individualistas" dentro del
espectro político, se vuelve mucho más complicada.
A medida que el nuevo paradigma se propaga, aparece una nueva
división en cada grupo, separando a las nuevas ideas de
las antiguas. Dentro de cada una de las dos grandes corrientes
existentes nacen dos nuevas tendencias: los que miran hacia atrás
y los que miran hacia el futuro. Por una parte, se encuentran
los que se aferran a los viejos métodos estatistas y centralistas
de manejar la sociedad. Estos pueden ser de izquierda – manteniendo
los viejos sueños, nunca verdaderamente realizados- o de
derecha, como son en la práctica los que medran en las
viejas estructuras estatales corruptas y quieren conservar sus
ventajas individuales, basándose en el control de las parcelas
de poder y escudándose tras la demagogia. Los que comprenden
consciente o intuitivamente los modos modernos de organización
y de generación de riqueza también pueden ser individualistas,
pregonando la exclusividad del mercado como mecanismo ordenador,
o solidarios, entendiendo la importancia del mercado y también
sus limitaciones, pero comprendiendo además que la acción
del Estado, para ser eficaz en las nuevas condiciones, ha de tener
otro carácter.

No
se trata, pues, de un cambio en los valores éticos, morales
o sociales. Los mismos ideales solidarios o individualistas se
pueden perseguir en el nuevo contexto, pero los medios organizativos
con los que es posible lograrlos serán seguramente muy
distintos de aquellos que fueron –o pudieron haber sido- exitosos
bajo el paradigma anterior.
A
este respecto en la actual transición está ocurriendo
algo muy preocupante. La propuesta política más
desarrollada, y la que más ampliamente se prueba y aplica,
es el conjunto de recetas "neo-liberales" para dejar
que el mercado sea el organizador universal de la vida social.
Tal programa puede sin duda estimular el crecimiento bajo condiciones
de globalización, aunque es muy probable que exacerbe,
en lugar de disminuir, las tendencias centrífugas que se
experimentan en el mundo de hoy. A este programa lo calificaríamos
como "individualista y mirando al futuro" y lo colocaríamos
en nuestra pequeña matriz en la casilla inferior derecha.
Mientras tanto, la mayoría de los programas solidarios
tienden a mantener sus sueños de prosperidad colectiva
muy ligados a la vieja idea de la redistribución centralizada
que opera desde la cumbre. Muy poco es lo que claramente merece
ubicarse en la casilla superior derecha, donde estarían
las posiciones "solidarias y mirando al futuro". Esto
es algo que contrasta fuertemente con lo que fue la transición
anterior, en la cual la preferencia por la componente social de
casi todos los programas era tan fuerte que aún los fascistas
se autocalificaron como "nacional socialistas".
Esto
puede tener una explicación relacionada con la diferente
naturaleza de los paradigmas en juego. La esencia misma del paradigma
de producción en masa era la homogeneización. Cuanto
más se pudieran estandarizar los modelos de consumo y mayor
fuera la cantidad de consumidores involucrados, más podía
aumentar la productividad y más alto podía llegar
a ser el nivel de vida de las mayorías. El uniforme azul
de la revolución cultural de Mao Tse Tung no fue sino un
caso extremo de la sentencia original de Ford " Ud. puede
tener un automóvil de cualquier color, con tal de que sea
negro." Así, las ideas igualitaristas estaban fuertemente
respaldadas - aunque probablemente de manera inconsciente - por
la naturaleza del potencial emergente de creación de riqueza
y las propuestas de mejoramiento social general "se sentían"
tanto más realistas cuanto más comprendido llegó
a ser ese potencial.
Por
contraste el presente paradigma basado en las características
de las tecnologías informáticas parece prosperar
especialmente en la diversidad y la diferenciación. Tanto
la naturaleza adaptable de la tecnología microelectrónica
como la flexibilidad de la organización moderna admiten
niveles asombrosos de productividad de manera compatible con una
gran variedad. Los cambios en el perfil de productos (product
mix), en la cantidad o calidad de esos productos, las modificaciones
en relación con modelos o las adaptaciones a los requerimientos
del cliente, pueden a menudo hacerse automáticamente. De
hecho, la diferenciación en productos y la segmentación
de mercados se considera la mejor ruta para maximizar valor agregado
(aunque también se obtengan buenas ganancias aumentando
el volumen de cada segmento). Ahora hay decenas de miles de pequeños
"nichos" de mercado servidos cómodamente por
los canales de distribución modernizados y flexibles. El
ideal subconsciente que guía la segmentación de
productos y mercados es el de acercarse cada vez más a
la noción del "servicio personalizado".
Todas
estas tendencias a la variedad sugerirían que las ideas
igualitaristas tienen una muy débil base de apoyo. Pero
esto no tiene por qué ser un obstáculo para la construcción
de un programa de orientación solidaria. En realidad, el
tener un modo de vida idéntico no tiene por qué
hacer la felicidad de todo el mundo. Además, la forma actual
de diferenciación vertical por niveles de ingreso no es
la única posible. Una diferenciación alternativa
y socialmente bienvenida puede tener lugar "horizontalmente,"
mediante el surgimiento de múltiples estilos de vida, basados
en el florecimiento de las características nacionales,
ocupacionales o ideológicas o en el fortalecimiento de
otros factores de preferencia o de identificación, en cuyo
ambiente la gente se sienta orgullosamente diferente y, al mismo
tiempo, socialmente reconocida como de igual valor. Los más
variados estilos de vida pueden acarrear niveles de satisfacción
equivalente, tanto dentro de cada país como a través
del planeta, creando condiciones favorables para dinamizar en
todo el mundo la generación de riqueza, basándose
en estructuras productivas interconectadas, diferenciadas, adaptadas
al medio y especializadas.
En
contrapartida, el presente paradigma tiene otras características
importantes que favorecen claramente el humanismo y una mayor
cohesión social. Una de ellas es la pérdida de eficacia
de la alienante separación taylorista entre el trabajo
mental y el manual. Tanto en las empresas como en la sociedad
en su conjunto, cuanto mayor sea la destreza y el nivel de educación
de los participantes, tanto más ventajosas serán
las posiciones que puedan alcanzar. Mientras en el pasado se le
pedía a la gente "que dejara el cerebro en casa"
y aceptara la rutina del trabajo repetitivo - una imagen que inmortalizara
el genio de Charlie Chaplin - las versiones más positivas
de la organización moderna impulsan la creatividad y el
trabajo en equipo, la iniciativa y la imaginación. La real
fuerza impulsora del nuevo paradigma es el vasto potencial, hasta
ahora casi inutilizado, del tan valioso capital humano. Es por
eso que de ahora en adelante, serán la distribución
del conocimiento, la calidad y profundidad de la educación
y de la adquisición de destrezas, la capacidad general
para la innovación y la creatividad, las que determinarán
las diferencias entre empresas y naciones, diferenciando las exitosas
de las que se quedarán atrás. Y, naturalmente, cuanto
más altamente calificada y preparada sea una sociedad,
con mayor fuerza podrá impulsar su propio desarrollo al
mismo tiempo que atraer a su territorio, en condiciones ventajosas,
a las empresas más avanzadas[4].
Otra
característica socialmente favorable del nuevo paradigma
es su tendencia a los sistemas en red descentralizados. La esencia
del nuevo modo de descentralizar no es, como algunos lo han interpretado,
la disolución de las estructuras para resultar en la dispersión,
la pequeñez y el aislamiento. De lo que se trata es de
desatar la iniciativa en miles de personas a través de
la delegación del poder, la participación y la autonomía
mientras, al mismo tiempo se mantiene y se ejerce la coordinación
estratégica. Es realmente una nueva forma de organización
que permite la operación eficaz y eficiente de sistemas
aún más grandes que los de antes. Las modernas empresas
"globales," por ejemplo, son mucho más extensas
y complejas que las anteriores "transnacionales," mientras
que poseen mecanismos de administración estratégica
y monitoreo de resultados mucho más eficientes que los
tradicionales sistemas de control central. De hecho, las viejas
estructuras piramidales tenían un techo más allá
del cual perdían eficacia y se convertían en burocracias
torpes y pesadas - a menudo corruptas- o llegaban a ser tan complejas
que se hacían inmanejables. Un departamento funcional sabía
muy poco de lo que el otro estaba haciendo y los problemas que
se presentaban en la base raramente eran comprendidos en la cúspide
o aún a media altura. La descentralización moderna
emula el modelo de "inteligencia distribuida" de las
redes de computación, en los que cada punto de la red tiene
total capacidad de actuar, aunque también puede seguir
comunicándose horizontalmente, usar una variedad de poderosos
servicios compartidos y enviar información en cualquier
dirección, todo bajo el paraguas de un sistema común
y de un "lenguaje" común. En las organizaciones
formadas por seres humanos, estos principios relativos a los sistemas
en red significan una amplia delegación, tanto de los recursos,
como del poder de tomar decisiones a cada una de las unidades
descentralizadas, las que están en contacto más
cercano con los clientes y pueden con facilidad responder mejor
a sus necesidades. El "centro" puede entonces concentrarse
en el diseño estratégico, las pautas generales,
la regulación y el seguimiento de la operación de
todo el sistema. Es interesante notar que esta estructura también
funciona bien cuando se organiza desde abajo, como lo demuestran
las exitosas redes cooperativas de pequeñas y medianas
empresas formadas en el Norte de Italia[5].
Una
versión política extrema de este modelo es el "mercado
puro" en el cual el gobierno central regula y la descentralización
llega hasta el individuo, dándole equivalente "autonomía"
a los pobres y a los ricos, a los poderosos y a los débiles.
Otra versión política totalmente distinta, pero
igualmente compatible, podría basarse en un tejido de gobiernos
locales – o parroquiales - muy fuertes y activos, cada uno de
los cuales buscara, con plena participación de la comunidad,
mejorar la calidad de vida de la gente en su territorio, mientras
que el gobierno central además de crear el marco propicio
para el desarrollo económico y social, se ocupara de compensar
los desequilibrios.
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